miércoles, 20 de julio de 2016

La cuestión agraria: El problema campesino en la Cataluña revolucionaria

Un 19 de julio de 1936 daba inicio la Revolución social española en diversos puntos de la España republicana. Entre todos sus logros –y errores- cabe destacar, sin duda alguna, uno de los más importantes, a saber: la colectivización agraria, concretamente en Cataluña.  Adentrarnos en ella no sólo como forma de entender, comprender y criticar aquella intentona revolucionaria de cariz anarquista, sino también como reflexión política desde el movimiento obrero y anarquista actual para poder eliminar ciertas faltas, sobre todo para que no se repitan en la próxima revolución social.
Si en Aragón la colectivización agraria fue profunda, exitosa y aceptada de buen grado por el campesinado, en Cataluña fue todo lo contrario. En el campo catalán nos encontrábamos por aquel entonces con unos poderosos movimientos cooperativistas, sindicatos de pequeños propietarios agrícolas y una potente Unió de Rabassaires representante de la pequeña burguesía campesina y agrícola que llevaba por lema la tierra para quien la trabaja y que, por tanto, no estaban por la labor de aceptar la socialización de la tierra. Con el estallido de la guerra civil y de la revolución social, un terremoto político azotó el campo catalán delimitando dos frentes: socializar toda la tierra (fuera por la fuerza o no), postura defendida por el sindicato CNT y el POUM, o mantener las tierras a nivel de propiedad individual o familiar, postura defendida por la Unió de Rabassaires, ERC, PSUC y UGT.
¿Cómo se planteaba desde la CNT –y el movimiento anarquista en general- la revolución en el campo catalán? Desde un primer momento la CNT se mostró públicamente favorable a la total socialización del campo, y el 19 de diciembre de 1936 los sindicatos campesinos de la CNT elaboraron un pacto con la Unió de Rabassaires para cooperar. Pero dicho pacto no llegó a oficializarse ya que la Unió de Rabassaires no se presentó a la cita aludiendo que la UGT también debería ser partícipe de tal pacto cooperativo, lo cual la CNT no pudo aceptar ya que UGT se había mostrado públicamente contrario a la colectivización, tanto agraria como industrial. Los primeros problemas en dicha colectivización ya comenzaban a surgir desde bien pronto, así lo denunciaba el líder anarcosindicalista Joan Peiró en Perill a la reraguarda (Mataró, 1936):

(…) Lo primero que han hecho muchos revolucionarios que han salido al campo a plantar la semilla revolucionaria, ha sido privar al campesinado de todos los elementos de defensa, de las armas, tan necesarias para quien, como él, viven una vida fiera y aislada; y cuando los campesinos han sido desarmados, estos revolucionarios les han vuelto a robar hasta la camisa. Id, ahora, a hablarle de revolución al campesinado de Cataluña.

Joan Peiró venía a denunciar que el hecho de implantar, por la fuerza, la colectivización de la tierra, a sabiendas de que el campo catalán era una tierra históricamente de pequeños propietarios, hacía que el campesinado poco a poco fuera distanciándose de la CNT, del anarquismo, de la revolución social, y fuera posicionándose a favor de otros fuerzas políticas antifascistas.
La posición de la CNT para con el campo catalán era firme, como escribiría Félix García en Colectivizaciones campesinas y obreras en la revolución española: “No hay que olvidar que para los anarquistas y para los campesinos en general (haciendo alusión a la extensa masa campesina aragonesa y andaluza), los pequeños propietarios representaban el peligro de la reaparición de la clase de ricos propietarios.” Por tanto, desde el movimiento anarquista, a sabiendas de que el campesinado –o gran parte de él- catalán podía ponerse en contra de la revolución, se siguió para adelante con las colectivizaciones. De esta forma lo explicaba Ramón Porté en la Memoria del congreso agrario de la CNT (marzo de 1937):

(…) Porque la eterna aspiración del campesino ha sido la de poseer la tierra (…) Nosotros hubiésemos captado a ese mismo campesino, ofreciéndole la tierra; pero, entonces, habríamos estrangulado la Revolución. Hay que ir a la socialización de la tierra.

Aunque en la teoría la CNT iba a respetar el derecho del pequeño propietario a cultivar su tierra, siempre y cuando no fuera negativo para la colectividad e iba a convencer mediante el ejemplo a los pequeños propietarios a que aceptaran la socialización de su parcela, cosa que se había aprobado por mayoría en el Congreso regional de campesinos de Cataluña el 5 y 6 de septiembre de 1936, en la práctica, tal resolución no se llevó a cabo más que en contadas ocasiones. Así, la mayoría de veces, el avance de las milicias anarquistas que iban dirección Aragón impuso por la fuerza la colectivización a muchos pequeños propietarios campesinos.
Pero la problemática campesina durante la revolución social de 1936 no se detuvo aquí, sino que también tuvo su vertiente nacionalista. Y es que a todo lo anteriormente explicado, se le sumaba un campesinado catalán que a duras penas conocía el castellano, y que hubo de enfrentarse a unas columnas anarquistas que provenían del cordón industrial de Barcelona y que no hablaban catalán, pues provenían de la inmigración andaluza, murciana y extremeña. El líder anarcosindicalista Josep Peirats, explicaba así dicha problemática en su obra De mi paso por la vida. Memorias:

(…) Refiriéndonos a Cataluña, conocemos el carácter conservador de nuestro campesinado. Salvo en algunas comarcas, y siempre reduciéndonos a los pueblos, no dimos con la fórmula que hubiera podido romper con el hielo entre la ciudad y el campo. De ahí que costaste penas y sudores imponer las colectivizaciones en el campo. Por el hecho de que en determinadas cuencas mineras predominara el proletariado de habla castellana, la mayor parte de nuestra propaganda se hizo en lengua castellana… Ha dado la impresión en la ciudad y en el campo de que el movimiento anarquista era un producto exótico de importación. De ahí, repito, tuvimos que sudar la gota gorda para imponer nuestra innovación colectivista en el campo catalán, y que tuviéramos el mal acierto de escoger para hablarles de la buena nueva a oradores del habla que les era antipática… Y lo más peregrino del caso es que la inmensa mayoría de los confederales y faístas, empezando por los de más relieve, o eran catalanes natos o empleaban el catalán por adaptación a aquella tierra. Sin embargo, incluso en nuestras asambleas solían no pocos asistentes abuchear a los oradores que se atrevían a emplear la lengua regional.

Tras estas palabras de Josep Peirats en sus memorias podemos ver cómo el clivaje nacional también fue uno de los puntos fuertes en la problemática campesina durante la revolución social.
Por otra parte, y ante esta disyuntiva entre CNT y el campesinado catalán, las políticas del PSUC fueron mucho más hábiles y oportunistas y se lanzaron desde el primer momento a la defensa acérrima de los intereses de los pequeños propietarios agrícolas, junto con ERC y la Unió de Rabassaires. Así pues, la colectivización agraria en Cataluña pasó sin pena ni gloria al compararla con otras zonas como Aragón, a diferencia del gran éxito de la colectivización en la zona industrial.

A 80 años del estallido de la última revolución en Europa occidental podemos discernir, desde muchas perspectivas, los errores, limitaciones –y logros- de aquella intentona insurreccional de la clase trabajadora de la España republicana. 

Aun con las buenas intenciones de aquellos trabajadores, fue un gran error imponer por la fuerza la socialización de la tierra en el campo catalán, a sabiendas de que tradicionalmente en Cataluña había predominado la pequeña propiedad y la propiedad familiar. ¿Qué debió hacer el sindicato CNT ante ese contexto? Nada raro, simplemente haber cumplido a rajatabla los acuerdos a los que se llegó el 6 de septiembre de 1936 en el Congreso Regional de Campesinos de Cataluña, donde quedó estipulado que la pequeña propiedad agrícola se mantendría, siempre y cuando no perjudicaran a la colectividad, y solamente mediante el ejemplo y el proselitismo se intentaría convencer a los pequeños propietarios de los beneficios de la socialización total de la tierra. Al haberse hecho esto, el campo catalán hubiera apoyado en su mayoría a la revolución, lo cual hubiera facilitado aun más el desarrollo de aquella, y hubiera limitado el predominio político de ERC, PSUC y la Unió de Rabassaires. 

lunes, 23 de mayo de 2016

La aparición de la nueva mujer como cuestionamiento del sistema sexo-género

Los llamados locos años 20 surgieron entre finales de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) y la Gran Depresión (del crack del 29 hasta principios de los 40). Durante esta época se dieron muchos cambios en la economía y la sociedad. Para algunas personas la posguerra supuso la felicidad de haber acabado con la violencia imperante, para otras fueron momentos de luto y pérdidas. Había menos hombres entre la población, puesto que muchos habían muerto debido a la guerra. Otros, se habían quedado con alguna herida – psicológica y/o física– que los indisponía a seguir con su vida cotidiana. Entonces, fueron las mujeres quién tomaron las riendas y salieron al mercado laboral para ocupar el lugar que hasta entonces había sido reservado a los hombres.

Este cambio en el rol tradicional de las mujeres provocó no solamente un cambio en sus vidas y en la visión social de ellas, sino también un cambio en sus actitudes e identidades. Fue una temporada revolucionaria en la cual las mujeres lucharon por la igualdad formal entre los géneros. Al luchar por sus derechos consiguieron en algunos países el voto femenino, como también acceder a lugares o actividades que habían sido vetados para ellas hasta entonces.

Este cambio también se reflejó en la forma de vestir. Dejaron atrás el corsé tradicional, las prendas de ropa voluminosas y las faldas muy largas para adaptarse a un nuevo estilo de vida más frenético. Ahora sería más masculinizado, juvenil y cómodo. A raíz de la proliferación del uso del sujetador, que se empezó a popularizar a partir de 1914 gracias a Mary Phelps, las llamadas “nuevas mujeres” dejaron atrás la incomodidad del corsé para usar esta nueva prenda o fajas elásticas. Los sujetadores que surgieron a inicios de los años 20 eran parecidos a camisetas interiores, aunque más cortos y lineales. Con estos las mujeres iban más cómodas y a la vez adoptaban un estilo más andrógino, ya que se disimulaban las curvas. Esto no pasó solamente con el uso del sujetador, también con varias prendas de ropa más. Se sustituyeron los peinados con cabellos largos y recargados de accesorios por cortes al estilo garçonne, que sería el nombre que después adoptarían estas mujeres en Francia. Este peinado estaría coronado por el sombrero de campana característico de este estilo, que también colaboraba al dar este toque andrógino anteriormente comentado. Esta forma, inspirada en los cascos militares, era un símbolo de masculinidad que usado por una mujer adquiría un punto de subversión. Los vestidos holgados, largos y cercados se empezaron a acortar hasta llegar a la altura de las rodillas en el 1925. Se iban eliminando las prendas de ropa que marcaban la figura femenina para empezar a llevar otros más rectos, cinturones flojos, sin mangas y con detalles llamativos cómo serían los brillantes y las plumas. Había mujeres que incluso decidieron comprimirse el pecho usando cintas con la voluntad de llevar a cabo un día a día más práctico.

Esta forma de vestir se traduce como una rebelión contra la feminidad tradicional, totalmente rígida y obligatoria hasta entonces. También lo era el maquillaje exagerado, que era visto como algo poco decente. En la misma línea, rompían con la moralidad clásica fumando y bebiendo, conduciendo rápido, saliendo solas o con amigas por las noches, bailando jazz o charlestón, teniendo relaciones sexuales antes del matrimonio y en definitiva, rehuyendo de su rol impuesto. Todas estas acciones sólo las podían hacer los hombres durante aquella época. También fueron ellas las precursoras de la cultura lesbiana y de liberación sexual.

Por otro lado, en Estados Unidos, nacerían las llamadas flapper. Hay pocas diferencias entre las dos, pero las más remarcables serían que las garçonne combinaban características tradicionales femeninas (bolsos pequeñas, guantes delicados, collares recargados, zapatos de tacón...) con otras masculinas (bastones, corbatas, americanas, relojes de bolsillo...); mientras que las flapper vestían totalmente de forma masculinizada, imitaban algunos comportamientos hegemónicamente masculinos y escondían sus características físicas más feminizadas.

Aun teniendo en cuenta sus diferencias, la lucha de las garçonne y de las flapper era común: tenían el objetivo de acabar con el rígido ideal de feminidad de esa época y de demostrar que ellas eran capaces de hacer actividades típicamente masculinas y trabajar o hacer las tareas que ellos habían hecho hasta entonces. Es importante remarcar que las que podían demostrar su revolución con su forma de vestir y actuar, solamente eran las mujeres occidentales o americanas de clase alta.

Federica Montseny y el resto de mujeres de los años 20 se encontraron con una dicotomía entre dos modelos de mujer: la perfecta esposa y madre versus la garçonne/flapper. Montseny (Madrid, 12 de febrero de 1905 - Tolosa, 14 de enero de 1994) fue una importante militante anarcosindicalista y la primera mujer ministra en España. A pesar de que ella nunca se consideró feminista , sus ideas sobre la emancipación de la mujer han influido mucho en este movimiento. Ella no se definía como tal porque el feminismo existente entonces estaba ligado al sufragismo y era defendido por mujeres burguesas sin tener en cuenta otras realidades. Además, no consideraba que los objetivos del sufragismo –la igualdad formal y derecho al voto- fueran los realmente prioritarios entonces, puesto que ella no creía en el gobierno sino en el cambio de base de la sociedad. La conciencia de clase que tuvo Federica y su pensamiento anarquista, la impulsó a luchar por la liberación de las mujeres pero en concordancia con la de los hombres; ella pensó que el objetivo era la abolición del estado y del capital para que todos y todas fuéramos seres libres e individuales. Luchó por visibilizar las mujeres importantes en la historia, por la autonomía y la libertad de elección y en contra los comportamientos patriarcales de los hombres anarquistas que militaban con ella.

Montseny, en 1926, escribió sobre el fenómeno e influencia de las garçonne:

“Masculinizarse no es ni puede ser elevarse, libertarse ni dignificarse. Debemos tener de nosotras un concepto más superior y más altivo. Y en nosotras ha de haber una aspiración más alta que esa menguada aspiración a emular e imitar al otro sexo. (…) Y es necesario combatir en sus raíces esa desdichada desfeminización que, de extenderse, nos hará caer en el mortal abismo del ridículo y es un ultraje contra la estética y contra la Naturaleza. (Montseny, a Tavera, 2007)”. 
Teniendo en cuenta el contexto, son legítimos el punto de vista y objetivos de las nuevas mujeres a la vez que lo es el de Montseny. La autora entiende la revolución de ellas como renegar de lo que hasta entonces se había considerado propiamente femenino y empezar a modelar las características de las mujeres hacia las de los hombres para conseguir una igualdad real. Las nuevas mujeres, por su parte, no querían demonizar lo que es tradicionalmente femenino, sino la obligación a serlo de una manera impuesta. Interpreto el estilo garçonne como una forma de liberación y de, por primera vez en muchos años, libre elección de como las mujeres pueden y quieren construir su identidad. No encuentro ningún problema en el hecho de apropiarse de algunas características masculinas si estas las hacían estar más cómodas trabajando o pasárselo mejor cuando salían. Realmente, según mi punto de vista, no hay nada que sea masculino o femenino inherentemente; sino que es la sociedad quien marca esta división sexual. Por lo tanto, me parece correcta la visión de las garçonne de quedarse con los buenos atributos asociados a la masculinidad, siempre y cuando no llegaran a los perjudiciales cómo serían la dominancia, la agresividad y la violencia. En la misma línea, hace falta desligarse de la sumisión y la pasividad ligadas a lo considerado femenino. Este debate llega hasta la actualidad con los estudios sobre

nuevas masculinidades, que abren la puerta a los hombres a crear nuevas identidades no dañinas, lejos de la masculinidad hegemónica, y a expresarse y representarse lejos de un marco patriarcal. Aunque Montseny también fue una mujer que rompió con los roles clásicos por ser luchadora, autónoma, militante y defensora de la igualdad y la individualidad de toda persona, en su crítica a las nuevas mujeres demuestra no ser consciente de la construcción social del género y del binarismo impuesto en aquella época –cosa lógica hablando de los años 20-, como también es impuesto ahora.

“Una mujer-mujer, no mujer-hombre ni mujer-hembra. Una mujer-mujer, no criatura sin personalidad ni sexo. Una mujer orgullosa y segura de si misma, con plena conciencia de que en ella están los destinos y el porvenir de la raza humana. Una mujer creadora de hombres y no imitadora; una mujer que sepa representar al sexo y a la especie; que posea una individualidad fuerte y propia, una gran fuerza moral, hija del concepto seguro y tranquilo que de sí misma tenga y de la confianza que su capacidad, su serenidad, su dignidad inspiren individual y colectivamente. (Montseny, a Tavera, 2007)”.

Montseny asocia la masculinidad femenina a la falta de personalidad e individualidad de estas mujeres, y propone un ideal de mujer empoderada y orgullosa pero a la vez cuidadora y encargada de ser madre. Su crítica a la masculinidad expresada por las mujeres demuestra cierto punto de transfobia y lesbofobia; justificada en parte por la época y la falta de conciencia del carácter construido del género, cómo hemos comentado antes. Desde el punto de vista del feminismo de la diferencia, del cual ella fue precursora, seria lógico pensar que Federica reivindica la feminidad clásica sin ligarla a conceptos negativos socialmente como serian la debilidad y la sumisión. Con tal y con eso, es cierto que dio mucho relieve a que las mujeres fuesen madres y cuidadoras, el ideal de la mujer como el ángel del hogar sigue vigente en sus escritos, aunque siempre respetó el aborto y la libre elección de cada una. En 1927 escribió “mujer sin hijos, árbol sin fruto, rosal sin rosas”.

La masculinidad tradicional y sus respectivos privilegios corrían riesgo con la aparición de las garçonne y las flapper, que suponían un desafío al orden heteronormativo del sistema sexo-género. Si tenemos en cuenta el hecho de tener pluma (ya sea masculina o femenina) como un hecho transgresor que pone en cuestionamiento el sistema, y la violencia de género es aquella que se ejerce basándose en la opresión de este sistema; se podría afirmar que juzgar negativamente la masculinidad en las mujeres y la feminidad en los hombres es una forma más de violencia de género.

Aportación de Mireia Medina.

jueves, 31 de marzo de 2016

El Sindicato Libre y la época del pistolerismo

Nos situamos a finales de 1919 y la famosa huelga de 'La Canadiense' ya ha pasado, provocando, entre otras cosas, una disparidad de opiniones en el seno del movimiento obrero y sindical sobre la radicalidad de los procedimientos en la lucha contra la patronal y el Estado. El diez de diciembre de ese mismo año, el carlista Ramón Sales, antiguo militante del Sindicato Mercantil de Barcelona en la CNT y miembro de la organización tradicionalista 'Grup Crit de la Pàtria', se reunía con varios militantes carlistas y miembros del Centro Obrero Legitimista. El objetivo de esa cita era crear la Corporación General de Trabajadores de los Sindicatos Libres de España, lo que pasaría a la historia como el Sindicato Libre o simplemente “El Libre”. De forma paralela a esto, el día doce de diciembre de 1919 se convertía en Primer Ministro de España el maurista Manuel Allende Salazar, el cual puso como Gobernador Civil de Barcelona al Conde de Salvatierra. Comenzaba así un recrudecimiento de la presión -y represión- patronal contra el movimiento obrero (especialmente anarquista), la cual se caracterizaría por una connivencia en materia represiva entre las fuerzas de seguridad del Estado, los sicarios de la patronal y los carlistas del recién nacido Sindicato Libre.

Antes de explicar los sucesos violentos entre el  Libre y el movimiento anarquista, veamos qué fue aquel sindicato fundando por carlistas y que, erróneamente, se le consideró -y se le sigue considerando- un sindicato a sueldo de la patronal (e incluso creado por ésta). Como hemos dicho anteriormente, fue fundado el diez de diciembre de 1919 por Ramón Sales -un joven de 19 años, antiguo miembro de la CNT, cristiano católico devoto y de ideología carlista- junto a cien trabajadores tradicionalistas. La creación de este sindicato se debió a varios motivos: la radicalización ideológica dentro de la CNT, la fuerte presencia de pistoleros y de procedimientos violentos para defender los intereses de la clase obrera y el supuesto impedimento a mejoras salariales a causa de los dos anteriores factores. El Sindicato Libre contó con dos etapas durante su vida. La primera, desde su nacimiento hasta principios de 1921, en la que la afiliación era escasa (10.000 afiliados, aproximadamente) y existía un 'pacto no escrito' entre el Libre y el sector industrial por el que no se hizo ninguna huelga o boicot, funcionando pues como sindicato amarillo. En la segunda fase, sin embargo, las cosas cambiaron radicalmente. Desde mediados de 1921 hasta octubre de 1922, el Libre comenzó a establecer acuerdos con Martínez Anido, que por aquel entonces era Gobernador Civil de Barcelona, consiguiendo así su protección. También se establecieron acuerdos de financiación con la Unión Patronal, presidida por Félix Graupera, y hasta con el propio presidente Eduardo Dato, el cual utilizó fondos públicos para financiar al Sindicato Libre. En esta temporada llegó a tener hasta 150.000 afiliados, gracias a la clandestinidad a la que pasó la CNT. Uno de los sambenitos que tuvo que acarrear -y actualmente sigue acarreando- el Libre fue su consideración como sindicato que tuvo la misión única y exclusiva de la defensa de los intereses empresariales y que, incluso, había sido creado por la propia patronal catalana. Nada más lejos de la realidad, ya que no fue una simple herramienta de transmisión de los intereses empresariales y estatales, sino que fue un sindicato que guardó siempre su autonomía y dirigió sus esfuerzos a ser una especie de alternativa al sindicalismo revolucionario de la CNT. Aunque es cierto que fue un sindicato amarillo, contrario a la emancipación de la clase trabajadora y una suerte de policías-obreros. De hecho, mantuvieron siempre una actitud 'obrerista' frente a la clase empresarial a la hora de pedir todo tipo de demandas, lo cual también provocó que cierto sector de la burguesía tuviera igual de aversión al Sindicato Libre como a la CNT o UGT. "Solamente más tarde llegaría la instrumentalización por parte de la patronal y de las fuerzas del Estado", escribía Amalia Pradas. 
La época del pistolerismo fue uno de los episodios más duros de la historia de Cataluña, en lo que a violencia política se refiere, donde la guerra social entre la burguesía y el proletariado llegó a cotas sin precedentes y que no serían superadas hasta la Revolución Social de 1936. Ante la increíble fuerza que estaba consiguiendo el sindicato anarquista CNT, tanto en afiliación como en procedimientos de lucha, la patronal se las tuvo que ingeniar para poder poner fin, de forma total o parcial, al movimiento obrero en general y al anarquista en concreto. La clase empresarial catalana de la época usó tres 'armas' para luchar contra el movimiento anarcosindical: declarar lockouts, 'comprar' tanto a políticos como a cuerpos de seguridad del Estado y armar a pistoleros-sicarios para eliminar físicamente a sindicalistas de la CNT. La patronal utilizó todas estas 'estrategias' para combatir al sindicato CNT convirtiendo así las calles de Barcelona en un auténtico campo de batalla donde el único seguro de vida de cualquier trabajador afiliado a la CNT era portar un arma de fuego encima.

El primer gran incidente armado entre miembros armados de la CNT y pistoleros del Sindicato Libre ocurrió el seis de julio de 1920, en el que murió en el barrio del Raval Joan Purcet, líder destacado del Libre. Como venganza, los pistoleros amarillos asesinaban dos días después al líder cenetista Vicenç Roig en la plaza de Urquinaona. Se daba así inicio al famoso 'ojo por ojo', creándose una vorágine de venganzas entre los dos sindicatos en los que los muertos de un bando precedían a otros tantos del otro bando. Desde 1916 hasta 1923 ésta fue la cotidianidad de la clase obrera catalana y del movimiento anarquista, endureciéndose sobre todo a partir de 1920. El movimiento anarquista evolucionó del clásico terrorismo individual del siglo XIX al llamado 'terrorismo de masas' de los años '20; la diferencia entre los cuales la explicaba de esta manera la escritora Amalia Pradas:
           
     El primero se consideraba un mártir por la idea, que decidía libre e individualmente su                suerte y no trataba de huir después de haber cometido una acción. Los delegados de los grupos de acción cenetista [pistoleros de la CNT]  se consideraban más bien profesionales del atentado, fríos ejecutores de una consigna emanada de instancias superiores, y su intervención violenta se realizaba con todas las garantías posibles de seguridad: planificación previa sobre el terreno, instrumentos modernos de acción (automóvil, armas automáticas, etc…), ataques sorpresa y plan de huida previsto.

Este nuevo método de lucha, el terrorismo de masas, fue empleado de forma necesaria por el movimiento anarcosindicalista para defenderse ya no solo de los ataques propios de la clase burguesa contra la clase trabajadora, sino también para aguantar las embestidas del Estado y lo que algunos historiadores catalogaron como 'plan de exterminio' de los cuadros de la CNT (los llamados 'Grupos de Acción'). Todo esto provocó tanto un incremento del 'ojo por ojo' como el hecho de que se 'obligara' a todo afiliado de la CNT a llevar una pistola encima por si tuviera que defenderse en cualquier momento.
Vemos entonces que fue a partir de la formación del nuevo Gobierno de Allende Salazar que el Estado comenzó a trazar un plan de ataque contra la CNT y todo el movimiento anarquista. El prefacio de ese plan de ataque se haría con una gran puesta en escena de 45.000 voluntarios del Somatén marchando por el Passeig de Gràcia el 24 de abril de 1921.


La época del pistolerismo se saldó con más de 800 atentados y 226 víctimas mortales, muchas de ellas ilustres como el Conde de Salvatierra (ex-Gobernador Civil de Barcelona), Francesc Layret (abogado obrerista), el Presidente del Gobierno Eduardo Dato o el famoso Secretario General de la CNT en Cataluña Salvador Seguí 'El noi del sucre'. Esta situación de continua violencia fue uno de los motivos por los cuales Miguel Primo de Rivera daría un golpe de Estado en 1923 poniendo fin así a la época de la Restauración borbónica. 

viernes, 5 de febrero de 2016

La huelga general de 'La Canadiense'

La llamada huelga de ‘La Canadiense’ fue un paro importante del sector eléctrico, convirtiéndose después en Huelga General, que comenzó el 5 de febrero de 1919 y que se prolongó durante 44 días paralizando el 70% de toda la industria de Cataluña. Dicha huelga se convirtió en la más importante, por sus logros, de la historia del movimiento obrero hispano. En ella se consiguió el aumento salarial, la readmisión de los trabajadores despedidos y lo más importante de todo: la promulgación del Decreto de la jornada de ocho horas de trabajo, siendo así el Estado español el primer Estado en promulgar dicha ley.


Nos encontramos a finales de enero de 1919, y la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro -conocida popularmente como La Canadiense ya que el principal accionista era el Canadian Bank of Commerce of Toronto- baja drásticamente los sueldos a sus trabajadores, bajo la excusa de que los obreros eventuales han pasado a ser fijos. Paralelamente, el sindicato anarquista CNT crea el Sindicato Único de agua, gas y electricidad, al que se afilian gran parte de los trabajadores de La Canadiense. La guerra social entre la patronal y el proletariado militante aumenta desde que el sindicalismo revolucionario deja de estar fragmentado y pasa a conformar sindicatos únicos de ramo o industria. Ante esta situación, con los primeros despidos de trabajadores por quejarse, el 5 de febrero de 1919 parte de la plantilla da inicio a una huelga de “brazos caídos”, siendo reprimidos y expulsados de los puestos de trabajo por la propia policía. Y como si se tratara de un efecto dominó, la solidaridad se va extendiendo por todas las secciones de la empresa y por otras empresas de energía.
La huelga comenzaba a ser ya un gran problema desde el primer día, pues la población –y el resto de industrias- dependía de La Canadiense para vivir. La acción de protesta en el sector eléctrico e hidráulico no solo lo paralizó, sino que obligó a suspender las demás industrias que dependían de él para seguir en funcionamiento. Durante las siguientes dos semanas se unió a la huelga la industria textil, tan importante en la Cataluña de principios del siglo XX,reivindicando la jornada laboral de ocho horas y el fin del trabajo infantil. La situación de Barcelona y casi toda Cataluña no tenía precedentes; tranvías paralizados, hogares e industrias sin energía, interrupción de la prensa y fallida del alumbrado público.

Ante tal situación, el Conde de Romanones confiscó La Canadiense y puso en los puestos de trabajo a ingenieros del ejército español. A finales de febrero -con el 70% de la industria catalana totalmente paralizada- entre la participación del capitán general, Milans del Bosch, que pretendía declarar el estado de guerra, y la del Gobernador Civil de la ciudad, que buscaba negociar con los trabajadores, la empresa dictó sentencia: o volvían a sus puestos de trabajo el 6 de marzo todos los trabajadores o serían despedidos. Tal sentencia no hizo más que avivar la llama revolucionaria, provocando que el Sindicato Único de artes gráficas de la CNT proclamara la llamada censura roja. Esta consistió en una acción conjunta de todos los periodistas de Barcelona que comunicaron a sus directores que no publicarían ninguna noticia considerada negativa para la clase trabajadora. Llegado el mes de marzo, la situación era ya incontrolable por parte del Gobierno, así que decidió declarar el estado de guerra, con un nuevo Gobernador Civil llamado Carlos Montañés (encargado de la empresa) y un nuevo jefe de policía, Gerardo Doval.  A mediados de mes, el castillo de Montjuïc ya albergaba a tres mil trabajadores presos.

Finalmente, el 17 de marzo de 1919, los representantes de La Canadiense y el comité obrero llegaron a un acuerdo, en el que se aumentó el salario, se promulgó el decreto de la jornada laboral de ocho horas, la libertad de los presos y la readmisión de los primeros huelguistas despedidos.
El 19 de marzo de 1919, entre 20.000 y 35.000 trabajadores, según diversas fuentes, se reunieron en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para ver si los huelguistas aprobaban la negociación entre la patronal y el comité obrero. Finalmente, se aceptaron los resultados de forma unánime y se dio un margen de tres días a las autoridades para liberar a los presos bajo jurisdicción militar, con la amenaza de otra huelga general si no se llevaba a cabo.
De esta manera, el 3 de abril de 1919 el Conde de Romanones promulgaba el Decreto de la jornada de ocho horas.
Sin embargo, antes de la promulga, la huelga no se había terminado del todo, pues ante la traición del acuerdo y la falta de libertad de muchos huelguistas, el 24 de marzo se inició otra huelga general para conseguir excarcelarlos –tal y como habían amenazado-.
Los trabajadores más radicales de Barcelona y alrededores se lanzaron a la calle, no solo por la libertad de sus compañeros presos, sino como forma de protesta contra la línea posibilista que, liderada por Salvador Seguí, hacía un llamamiento a la calma y a la negociación con la patronal. El 25 de marzo, frente a esta situación, el Gobierno español decidió suspender las garantías constitucionales en todo el Estado; así, el ejército y el Somatén tomaban las calles para reprimir a cualquiera que fuera sospechoso de ser sindicalista, además de obligar a los comercios a abrir. Se ilegalizaron los sindicatos, se clausuraron sus locales y se incautó toda su documentación, seguidamente del procesamiento a todos los delegados sindicales. También se prohibió cualquier tipo de ayuda económica a los huelguistas. La Canadiense acusó a la Gobernación de Barcelona de “débil”, lo cual provocó la dimisión del jefe de policía y del propio Conde de Romanones. Se formaba así un nuevo gobierno presidido por Antonio Maura.

El 9 de abril, desde la patronal se amenazó con el ‘locaut’, es decir, con el cierre de las empresas si los trabajadores se ponían en huelga y así no tener ningún derecho económico. Tras la marcha del Gobierno de Maura tres meses después, y la continua guerra social que parecía no tener fin, el 11 de octubre de 1919 se creó la Comisión Mixta de Trabajo. Esta estaba conformada por representantes obreros y de la patronal, en un intento de dar solución al problema; sin embargo, debido a la radicalidad de unos y de otros, tal comisión no sirvió para su cometido original.
Los ‘locauts’ patronales comenzaron a hacer estragos en la clase trabajadora, la cual se veía abocada al paro forzoso y a la más estricta miseria; esto no hizo más que avivar aun más la llama de la guerra entre la clase empresarial y el proletariado militante. La CNT no se quedó de brazos cruzados y sus militantes radicales, los que casi 10 años después conformarán la FAI, empezaron a ganar terreno a los militantes más moderados, comenzando así la etapa de los atentados personales contra policías, empresarios y esquiroles, siendo esto el preludio de lo que meses después se llamaría el pistolerismo.
El conflicto, lejos de solucionarse, se agrandó cada vez más y más. Durante la huelga de La Canadiense se sucedieron hasta tres gobiernos (el de Romanones, Maura y Sánchez de Toca), y ninguno supo poner fin a la guerra social entre clase trabajadora y patronal.
La huelga de La Canadiense fue un punto de inflexión para la clase obrera catalana en general, y para la clase obrera anarcosindicalista de la CNT en particular, pues debilitó al sindicato anarquista pero, por contrapartida, auspició el aumento de los militantes radicales frente a los moderados o posibilistas.

Los continuos estados de guerra, la represión generalizada y los ‘locauts’ mantuvieron a casi toda Cataluña paralizada, con un sindicalismo echando un pulso con la burguesía y el Estado, del cual salió derrotado y débil. La respuesta a partir de aquí fue el terrorismo ‘de masas’, es decir, el pistolerismo generalizado contra los enemigos de la clase obrera y la revolución, a la cual la burguesía no iba a esperar de frente, pues se defendería –y atacaría- con sus propios pistoleros mercenarios y con el llamado Sindicato Libre. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

CNT, FAI y II República: la lucha ideológica dentro del movimiento anarquista

14 de abril de 1931: se ha proclamado la Segunda República española y, mientras, la CNT de Cataluña convocaba una huelga general para el día siguiente. Dicha acción se presentó con un manifiesto en el que se pedía la libertad de los presos y la revolución social, lo cual podía provocar un gran altercado con el resto de masas que celebrarían la llegada del nuevo régimen. Finalmente, la iniciativa se desconvocó después de una reunión mantenida entre la dirección de la CNT y Lluís Companys, por entonces Gobernador Civil de Barcelona. Con la nueva República salieron a la calle los presos políticos, los cuales engrosaron las filas de los cuadros sindicalistas, tanto de la CNT como de la UGT. A estos últimos se les añadía una juventud radicalizada, proveniente sobretodo de las masas de inmigrantes del sur de España que dejaban atrás una vida paupérrima en el campo y se enrolaban en las filas de la sociedad industrial.

Los dirigentes del nuevo régimen republicano sabían que la CNT –y más aún la FAI- podía suponer un grave problema para el devenir de la nueva forma de gobierno. Por esta razón, los distintos cabecillas republicanos comienzan a mantener contactos con “los buenos chicos de la CNT” para intentar conseguir que el sindicato revolucionario se acercara a posturas más reformistas y no tan demoledoras. La misma noche de la proclamación de la República, Francesc Macià mantuvo una entrevista con el dirigente sindicalista Ángel Pestaña donde intentó convencerle de que aceptase una consejería en la Generalitat de Catalunya. Ni lo consiguió con éste ni con Joan Peiró,y tuvo que conformarse con Martí Barrera, perteneciente al bando “moderado” del sindicato anarquista, al cual le concedió la Consellería de Treball i Obres Públiques. Los grandes líderes reformistas de la CNT nunca participaron en el gobierno de Cataluña, pero sí que lo hicieron –y en gran medida- muchos dirigentes de segunda fila, sobretodo en partidos como ERC, Estat Català, PSOE y PC. ERC fue sin duda el partido que más hizo por acercar a la CNT hacia la participación en la política mediante las vías legalistas y moderadas. Ante esta situación, el ‘purismo’ anarquista -alrededor de la FAI-  se lanzaba a la acción contra la dirección de la CNT, controlada aún por distintos elementos moderados.

Federica Montseny, antes de ser la Ministra de Sanidad y Asistencia Social, fue una de las máximas estandartes del anarquismo ‘faísta’ y ‘purista’. El 18 de septiembre de 1931 escribía lo siguiente en El Luchador:
Los compromisos contraídos con Macià por los dirigentes del sindicalismo, con vistas a la aprobación del famoso Estatuto, acaban de perfilar nuestro panorama: una vez Cataluña tenga Estatuto, iniciará una política social tolerante con los buenos chicos de la CNT, pero apretará los tornillos –frase de Companys- a los de la FAI, a los famosos extremistas… La CNT, catalanizada, vitaliciamente instalado su Comité Nacional aquí, se desentenderá del resto de España, como se ha desentendido ya de las huelgas de Sevilla y Zaragoza… Y aquí, en el oasis del Estatuto… una Confederación convertida en cuarta mano del nuevo Consejo de Ciento de Cataluña; una Confederación domesticada, gubernamentalizada, con una política de rama de olivo, de armonía entre el capital y el trabajo; una Confederación laborista al estilo inglés… En cuanto a la FAI… se le apretarán los tornillos.

Paralelamente, otro de los máximos estandartes de la facción “extremista” del movimiento anarquista, el que luego sería ministro de la República española, Joan García Oliver, hacía un llamamiento a la Revolución social en 1936. Así lo argumentaba:
“[En 1931] El régimen estaba sumido en la mayor descomposición; debilidad del Estado que aún no se había consolidado; un Ejército relajado por la indisciplina; una Guardia Civil menos numerosa; fuerzas del orden peor organizadas y una burocracia medrosa. Era el momento preciso para nuestra revolución. El anarquismo tenía derecho a realizarla, a imponer un régimen propio de convivencia libertaria… Decíamos nosotros, interpretando aquella realidad: cuando más nos alejamos del 14 de abril, tanto más nos alejamos de nuestra revolución, porque damos al Estado el tiempo para reponerse y organizar la contrarrevolución”.

La FAI y toda la izquierda del movimiento anarquista consideraban la República recién instaurada como una entidad burguesa, la cual había que superar con el comunismo libertario mediante una escalada insurreccional a cargo de la clase obrera. Esta tendencia tuvo su mayor aceptación en Cataluña. La oleada migratoria desde los años veinte, en su mayoría obreros consumidos por la más estricta pobreza del sur de España, se ilusionó con aquella “revolución inmediata” y con el mesianismo que desprendían los discursos de la FAI. Aunque muchos de los faístas eran catalanes, la mayoría de quienes abrazaron la ortodoxia anarquista provenía de Andalucía y Extremadura, mientras quienes fueron adeptos del reformismo treintista eran sindicalistas autóctonos de Cataluña.

La lentitud de las reformas sociales y las trabas que ponía el nuevo gobierno republicano al sindicalismo revolucionario hizo crecer aún más el radicalismo faísta entre las filas del movimiento obrero. Así lo expresó Abad de Santillán durante el exilio (1956):
“(…) No había ningún cambio de fondo; se exigía siempre obediencia, resignación, una fe imposible en el genio de los encumbrados en los puestos de mando… La divergencia histórica entre los socialistas, amparados en el marxismo, y los anarquistas, se agudizó al ingresar los primeros en el gobierno republicano, y al aprovechar esta contingencia en beneficio del partido… para restar gravitación a la Confederación Nacional del Trabajo”.

El Congreso Nacional de 1931: cómo abordar la relación con la República
En 1931, en Madrid, se llevó a cabo un Congreso Extraordinario de la CNT en el que se debatió y decidió la estrategia y táctica a seguir para con el nuevo régimen republicano. La sesión la abrió Ángel Pestaña ante más de medio millón de afiliados y 511 sindicatos. En el encuentro se debatió arduamente sobre la participación de elementos cenetistas en las conspiraciones antimonárquicas durante la Dictadura de Primo de Rivera, como preámbulo del  colaboracionismo con el republicanismo, así como la posición de la CNT frente a la Segunda República española concretamente. El anarcosindicalista gallego José Villaverde salió a la palestra para decir que las nuevas Cortes republicanas eran en sí un hecho revolucionario y que el movimiento anarquista había participado en su consecución. Ante estas declaraciones, que muchos consideraron una provocación, se alzaron voces ‘radicales’ acusándolo de “colaboracionista”; de hecho, incluso instaban a que ni siquiera se les hiciera peticiones a las nuevas instituciones para que no implicara así su reconocimiento. Germinal Esgleas, anarquista y marido de Federica Montseny, acusó a la CNT de “abandonar los principios de 1919” y también el sector individualista del anarquismo, representado por Progreso Fernández, acusó de “francamente colaboracionista” a todo lo que allí se estaba debatiendo en torno al régimen republicano. Otro de los temas más discutidos en el Congreso fue la consideración, por parte del sector moderado de la CNT, de organizar el anarcosindicato en distintas Federaciones de Industria. Pese a su agudo debate, terminó aprobándose por 302.343 votos a favor contra 90.671, con una abstención de 10.957. La FAI, con voz de Joan García Oliver, se opuso firmemente a tal tipo de organización aludiendo que era de “modelo alemán” y que la CNT debía ser “una organización puramente española para que sus pueblos se preparasen para hacer la revolución”. Además de añadir que las federaciones de industria “matan las masas que nosotros tenemos para embestirlas contra el Estado”.

Todo este radicalismo debía ser apaciguado por las fuerzas del orden público ya que suponía un verdadero problema para la República. Tanto Miguel Maura, Ministro de Gobernación (Interior), como Lluís Companys, Gobernador Civil de Barcelona, pretendían que la CNT entrara por los cauces legales y pacíficos, que se atuviera a la ley y a “no crear problemas a la República”. Ante la imposibilidad de estas pretensiones, los dos políticos republicanos llegaron a la conclusión de que “con la CNT no había trato posible”.

Moderados y radicales: una pugna por el poder
Desde la posición moderada del movimiento anarquista no se compartía el criterio de preconizar la revolución continuamente “sin saber lo que se quiere después”. Desde esta posición se denunciaba a todo ese sector anarquista –y marxista- que hablaba de la necesidad de la revolución inmediata. Los distintos sindicatos de la CNT, sobretodo en Cataluña, se comenzaron a llenar de ‘radicales’ faístas que pretendieron impedir que la CNT cayera en el abismo reformista y de transigencia con el Gobierno, y que ese criterio reformista se apoderase de toda la organización. Pero hizo la República más por acrecentar el radicalismo dentro de la central anarcosindical que los propios elementos de la FAI. Si en teoría existía libertad sindical para la clase obrera, en la práctica, las actuaciones de la CNT se vieron muy restringidas por las leyes republicanas. Las detenciones de militantes, la clausura de ateneos, el cierre de periódicos, la deportación de trabajadores a África, etc. Toda esta situación fue la principal causa que favoreció el triunfo de los métodos radicales y la hostilidad creciente hacia el nuevo régimen republicano. De forma progresiva, los dirigentes cenetistas moderados que dominaban la CNT desde los Pactos de San Sebastián fueron siendo relevados de sus puestos por militantes más allegados al purismo anarquista y a la FAI. El faísmo se adueñaba del movimiento anarquista y personajes como Joan García Oliver se convertían en líderes por excelencia de esa tendencia radical y revolucionaria que tanto atraía a la juventud murciana afincada entonces en el cordón industrial catalán. Ante esta nueva situación, el sector moderado se ponía manos a la obra y redactaba, en agosto de 1931, lo que llamaron El Manifiesto de los Treinta, el cual pretendía redirigir el rumbo de la CNT hacia un camino donde se reafirmara la República mediante el reformismo social. Para el sector faísta, tal manifiesto no solo era un error, sino una traición al movimiento. El mismo día que se firmaba el manifiesto se declaraba una huelga de hambre de presos anarquistas en la cárcel Modelo de Barcelona para denunciar los malos tratos que sufrían y, semanas después, el 3 de septiembre, Barcelona quedaba totalmente paralizada a causa de la huelga a favor de los presos políticos. La Guardia de Asalto arremetió contra los locales anarquistas de Barcelona, detuvo a 300 militantes y asesinó a tiros a tres cenetistas delante de la Jefatura de Policía de Vía Layetana. Estos sucesos no hicieron más que dar alas al sector radical y a la FAI, dejando en relieve la imposibilidad de una coexistencia pacífica entre el sindicalismo revolucionario y el Estado. Los elogios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) al manifiesto treintista dieron pie a que el sector purista viera confirmada la desviación ideológica que estaba sufriendo parte del movimiento. Se acusó a Ángel Pestaña y a Joan Peiró de querer convertir la CNT en un apéndice de la Generalitat. Comenzaba el intercambio de malas palabras entre diferentes militantes: Ricardo Sanz hablaba de “los treinta judas” y estos respondían con la “dictadura anarquista” que supuestamente impondría la FAI si triunfara la revolución. El 21 de septiembre de 1931 ya se pudo decir que la FAI había tomado el poder completo del movimiento anarquista, en tanto que había conseguido dominar la redacción de Solidaridad Obrera después de una larga infiltración en comités y juntas. A partir de aquí, y hasta el fin de la Guerra Civil, se comenzó a ver -por parte de un sector anarquista- a la FAI como un verdadero partido político. Progreso Fernández en Cuadernos de ruedo ibérico decía:
La FAI ha tenido tres etapas: la primera fue la de su fundación; los compañeros tenían un mínimo de convicciones anarquistas… Después de la proclamación de la República, empezó a articularse de una forma que a muchos no nos convencía; se creó un comité peninsular que se tomaba atribuciones… Al querer aglutinar a mucha gente, la FAI tuvo una actuación que no respondía a la idea por la cual fue fundada… Yo dejé de pertenecer a la FAI en 1935, cuando volví de la deportación, porque se veían ya tendencias autoritarias. La tercera época de la FAI ya la conocen todos. Dejó de ser una asociación anarquista para convertirse en un partido político.

Los Sindicatos de Oposición y la Alianza Obrera
El clímax de las divergencias ideológicas dentro del movimiento anarquista llegó con la creación de los Sindicatos de Oposición en enero de 1933, siguiendo la línea ideológica treintista, y a raíz del fracaso insurreccional de la FAI. Más de cuarenta sindicatos firmaron el manifiesto de constitución de los citados. El principal objetivo era alejarse de una CNT dominada por la FAI. Concretamente en Cataluña, la reorganización del sector moderado y treintista se hizo rápidamente con la creación de la Federación Sindicalista Libertaria, organización con la cual pretendieron oponerse con las mismas armas a la FAI. Las divergencias fueron tales que, tras las infructuosas intentonas -por parte de Manuel Buenacasa y Eleuterio Quintanilla- de tender puentes entre la FAI y los Sindicatos de Oposición, se comenzó incluso a utilizar los términos “anarquista” y “sindicalista” como insulto.

En julio de 1934, tras el fracaso insurreccional faísta en diciembre de 1933, se produjo el primer congreso de la FSL, con Juan López como Secretario General. A raíz de este congreso se propuso la creación de una “alianza obrera” que aglutinase a la FSL junto con la UGT catalana, el BOC (Bloc Obrer i Camperol), Izquierda Comunista y la Unió de Rabassaires. Aunque al principio la CNT se negó al diálogo por la presencia del BOC (marxistas), de forma paulatina la Confederación fue estrechando lazos con la Alianza Obrera para lo que debía ser la ‘nueva’ revolución; la cual se produciría en la cuenca asturiana en octubre de 1934. Durante los primeros meses de 1934 las reuniones y alianzas -sobre todo por parte de la CNT con la UGT- se fueron sucediendo sin cesar, creando, o al menos intentándolo, un movimiento obrero y de izquierda para hacer frente al avance del fascismo (el cual ya estaba dominando Alemania e Italia, y en España –de mano de la CEDA-) y enfrentar un cambio político “que no fuera un simple cambio de poderes sino la supresión del Estado y el capitalismo”.

El Frente Popular
En 1935, durante el llamado Bienio Negro, el sector treintistacomenzó su campaña a favor de la reunificación de las dos tendencias anarquistas de la CNT. Poco a poco los moderados que habían sido expulsados los años anteriores comenzaron su progresiva entrada de nuevo en la Confederación. Con la CEDA en el gobierno republicano, el movimiento anarquista había ido perdiendo cada vez su criterio abstencionista de cara a las elecciones generales. Con Peiró a la cabeza se fue poniendo de relieve las diferencias notables que podían haber, para con la clase trabajadora, si el gobierno era de un color u otro. Se comenzaba a calificar de “monstruoso” el abstencionismo, ya que este podía provocar que la inacción (electoral) obrera diera la victoria al fascismo. El propio Peiró decía: si surgiera un frente electoral de clase contra el fascismo que ahora nos gobierna (refiriéndose al gobierno de la CEDA), yo, por primera vez en mi vida, votaría.

A partir de la gran represión desencadenada a raíz de la frustrada Revolución de Asturias en 1934, las izquierdas moderadas, así como las dos tendencias anarquistas, fueron cada vez más hacía una confluencia política para aunar fuerzas contra el Gobierno de la CEDA. La CNT-FAI, a raíz del Congreso regional catalán de enero de 1935 dejó de lado la campaña abstencionista, pero sin llegar a pedir el voto para el Frente Popular. Las dos razones que llevaron a esta posición por parte del movimiento anarquista fue la necesidad de sacar de prisión a los 30.000 presos políticos que llenaban las cárceles del Estado y acabar con el gobierno derechista de la CEDA. El propio Comité Peninsular de la FAI “quedó partido en dos”, entre los que promulgaban aún la campaña abstencionista y los que no; estos últimos liderados por grandes personalidades del anarquismo como Buenaventura Durruti, Abad de Santillán y Joan García Oliver. El 23 de febrero de 1936, el Frente Popular (Front d’Esquerresen Cataluña) ganaba las últimas elecciones demócratas de la Segunda República española.

Los presos y presas políticas salieron de prisión y las dos tendencias dentro del movimiento anarcosindicalista se “fusionaron” ante la necesidad de dar respuesta a la ya esperada reacción facciosa tras el triunfo de las izquierdas. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

El anarquismo en el laberinto ideológico: Una aproximación histórica

Si alguien estudia la historia del movimiento ácrata podrá darse cuenta, entre otras cosas, que el caso del anarquismo hispano es paradigmático en la historia, tanto por su posición vanguardista a principios del siglo XX, como por la dotación de unas organizaciones y unos procedimientos de lucha que fueron pioneros en lo que respecta a la consecución de derechos sociales y la dotación de una conciencia social y obrera. Y fue, precisamente, por su posición vanguardista, que provocó inevitablemente que el movimiento anarquista tuviera que enfrentarse a diversos debates internos sobre la colaboración con otras ideologías obreristas y de izquierdas, así como saber a quién considerar amigo o enemigo en los tiempos de la guerra social contra la burguesía.

Movimiento libertario y catalanismo progresista
Presos políticos en la Modelo de Barcelona (1930). Entre ellos, Lluís Companys, Ángel Pestaña (CNT) y Joan Lluhí (ERC).

Si hubo una zona del Estado español donde el anarquismo arraigó desde un principio y demostró su gran potencial, fue, sin duda, en Cataluña. Y si era en el ‘Comtat Gran’ donde mayor presencia anarquista hubo, fue de esperar que el movimiento ácrata tuviera que relacionarse con los elementos más progresistas del catalanismo. Dicha relación, alcanzaría su máximo apogeo entre los últimos años de la década de los años ’10 hasta 1923, concretamente hasta el 10 de marzo de este último año, en la que el dirigente cenetista Salvador Seguí murió asesinado por el Sindicato Libre. Y es que Salvador Seguí fue el máximo exponente del anarquismo de corte catalanista y, por extensión, de la relación entre la C.N.T con diversos partidos independentistas, como fue el caso del partido Estat Català, presidido por Francesc Macià. “El Noi del Sucre”  aseguraba que hablar catalán y desear la liberación nacional de Cataluña no implicaba la renuncia a las inquietudes internacionalistas. Por aquellos años, todo el mundo sabía de la gran amistad existente entre Francesc Macià y Salvador Seguí. El Seguí sindicalista y el Macià separatista estaban muy de acuerdo en diversos puntos, tanto referentes a la liberación nacional, como en las reivindicaciones proletarias. Salvador Seguí mostró su catalanismo en el ateneo de Madrid, el 4 de octubre de 1919, como Secretario regional de la C.N.T:

Nosotros, lo digo aquí en Madrid, y si conviene también en Barcelona, somos y seremos contrarios a estos señores que pretenden monopolizar la política catalana, no para conseguir la libertad de Cataluña, sino para poder defender mejor sus intereses de clase y siempre atentos a socavar las reivindicaciones del proletariado catalán. Y yo os puedo asegurar que estos reaccionarios que se autodenominan catalanistas lo que más temen es el enderezamiento nacional de Cataluña, en el caso de que Cataluña dejara de estar sometida. Y como que saben que Cataluña no es un pueblo servil, ni siquiera intentan desligar la política catalana de la española. En cambio, nosotros, los trabajadores, como con una Cataluña independiente no perderíamos nada, al contrario, ganaríamos mucho, la independencia de nuestra tierra no nos da miedo. Estad seguros, amigos madrileños que me escucháis, que si algún día se habla seriamente de independizar Cataluña del Estado español, los primeros y quizás los únicos que se opondrían a la libertad nacional de Cataluña, serían los capitalistas de la Liga Regionalista y del Fomento del Trabajo Nacional.

El cenetista Simón Piera, en sus memorias, explica que en el exilio francés durante la dictadura de Primo de Rivera, en 1924, era habitual ver a anarquistas viviendo –y conspirando- con miembros de Estat Català, y añade que “Los obreros afiliados a la C.N.T no se opondrían nunca a la liberación de una determinada región del poder central que, por su voluntad soberana, decidiese federarse y no ligarse al poder central. No podrían combatir un sistema orgánico que ellos mismos practican por la defensa de sus intereses de clase”.
Joan García Oliver, nos muestra en su autobiografía “El eco de los pasos”, unas palabras muy reveladoras en cuanto a relaciones entre el sindicato C.N.T y Estat Català durante los años ’20 y ’30; García Oliver cuenta que “En Esparraguera y en otras partes de Cataluña, en virtud del acuerdo de la regional catalana de la C.N.T de luchar conjuntamente con el “Comité d’Estat Català” que presidía Macià en París, existían estrechas relaciones entre los sindicalistas y separatistas catalanes”. García Oliver prosigue, esta vez sobre su amistad con Macià: “(…) Visité varias veces a Macià. El aislamiento en que lo tenían los demás políticos acrecentó mi simpatía por él. Perdió su carrera en el ejército español al pasar a ser político separatista, lo que a mí no dejaba de ser un antecedente a su favor”.

La dictadura de Primo de Rivera no hizo más que reforzar esta colaboración entre dos movimientos aparentemente con pocos elementos en común. Tal dictadura hizo que una razón de interés, el interés de la libertad, unificara –aun más- en el combate contra el Estado español a las dos fuerzas más atacadas por el régimen, que eran el independentismo catalán y el anarcosindicalismo. Sobre este tema, el anarcosindicalista Ricardo Sanz en “El sindicalismo y la política” explica que “la dictadura (de Primo de Rivera) había logrado limar asperezas y hasta antagonismos entre el catalanismo y sindicalismo. La mayoría de separatistas eran obreros, por tanto, como tales, conocían la vida de los explotados. Por otra parte, los anarcosindicalistas, cuanto más cultos y capacitados, mejor conocían, por haberlo estudiado, el llamado problema separatista. (…) Frente a la dictadura militarista, los elementos revolucionarios del separatismo catalán no se conformaron con vivir de rodillas, sino que pasaron a la acción subversiva, desde la propaganda escrita al atentado organizado.
Como se ha apuntado anteriormente, fue durante el régimen de Primo de Rivera (1929-1930) cuando el catalanismo de base popular alza su vuelo. En ese preciso momento el catalanismo dejó de ser un ideal romántico perteneciente a los sectores intelectuales y pequeñoburgueses para convertirse en un elemento político más de las masas explotadas, tanto de cariz socialista como anarcosindicalista. El centralismo del Estado español, una vez más, fue contraproducente a la hora de intentar frenar el nacionalismo. La dictadura de Primo de Rivera hizo mucho más por el crecimiento del sentimiento nacionalista e independentista catalán que los partidos nacionalistas catalanes de entonces.

El movimiento anarquista y el marxismo

En el II Congreso de la C.N.T celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid se aprobó la adhesión (provisional) del sindicato libertario a la III Internacional con el respectivo envío de una comisión de delegados a Moscú para dar información de primera mano y establecer relaciones “diplomáticas”. Desde el principio de la Revolución Rusa de 197 el anarquismo hispano se mostró, mayoritariamente, entusiasta y favorable a dicha revolución, gracias a la propaganda anarquista que llegaba desde Rusia y que veían la revolución rusa como la oportunidad para establecer la ansiada sociedad sin clases. Aunque corría un mayor entusiasmo dentro del movimiento ácrata español sobre el proceso revolucionario ruso, sobre todo a raíz del establecimiento de ‘soviets’ (consejo o junta en ruso), el periódico anarquista Tierra y Libertad, hacía apología formal de la revolución proletaria acaecida en Rusia, mientras que Solidaridad Obrera, máximo órgano propagandístico de la C.N.T., se mostraba más reticente a la “dictadura del proletariado”. En verano de 1920, el dirigente anarcosindicalista Ángel Pestaña partió hacia Rusia para entrevistarse con Lenin. Pestaña no debió salir muy contento de dicha entrevista ya que a partir de ese verano todo el apoyo anarquista a la revolución rusa desapareció, a partir, también, de la propaganda “antibolchevique” del movimiento anarquista ruso, el anarquismo hispano empezó a criticar duramente la no existencia de ‘soviets’, la excesiva burocratización y el autoritarismo bolchevique que habían convertido la “dictadura del proletariado” en “dictadura del partido”. Se criticaba, a partir, también, de las noticias traídas por el socialista Fernando de los Ríos, el cual también se entrevistó con Lenin en 1921, la supeditación de los sindicatos rusos al Partido comunista y la gran represión hacia todo el movimiento ácrata.
Paralelamente a esto, hubo un sector, aunque minoritario, del anarcosindicalismo que cada vez se iba acercando más y más a las posturas soviéticas. Fueron el caso de personalidades como Maurín, Pere Bonet o Eusebio Rodríguez, que, aunque intentándolo con todas sus fuerzas, no consiguieron ‘controlar’ ningún sindicato. El 28 de abril de 1921 se decidió elegir a una delegación anarcosindicalista con el propósito de que viajaran a Moscú. Tal delegación estuvo formada por las personalidades anteriormente citadas más Andreu Nin y el francés Gaston Leval. A excepción de Leval, todos los demás abandonaron definitivamente la ideología anarquista y abrazaron el marxismo.
A partir de aquí, las diferencias entre el naciente movimiento comunista y el anarquista son cada vez mayores. Periódicos como Tierra y Libertad, Solidaridad Obrera o La Revista Blanca comenzaron a traducir todos los textos de críticas a la joven Unión Soviética escritos por personalidades de renombre internacional en aquel momento como Emma Goldman o Rudolf Rocker. Estas diferencias tendrían su punto álgido en la Guerra Civil española, concretamente en los sucesos de mayo de 1937, en los cuales se produjo una verdadera “intra-guerra” civil entre el sector anarquista y el sector republicano-comunista.

Anarquismo y republicanismo

El movimiento anarcosindicalista se vio obligado, desde la dictadura de Primo de Rivera, a tener que acercar posturas si querían acabar con la dictadura militar. Alfonso XII, al ver lo impopular que estaba siendo el gobierno de Miguel Primo de Rivera, decidió deshacerse de él, poniendo al mando al General Berenguer en enero de 1930, con la idea de que el nuevo gobierno retornara a una situación constitucional y pacífica. Fue imposible. Las conspiraciones, tanto civiles como militares, contra la monarquía de Alfonso XIII iban en aumento, y republicanos y anarquistas colaboraban cada vez más y más para derrocar al régimen. El marzo de 1930, las fuerzas conspiradoras contra el régimen firmaban el Manifiesto de Inteligencia Republicana, el cual estuvo firmado, también, por la C.N.T. Ángel Pestaña, por aquel entonces, optaba por las vías reformistas y colaboracionistas con el republicanismo, y supo esparcir bien esa idea dentro del seno del movimiento anarcosindicalista. Desde los plenos regionales se censuraba de forma sistemática la oposición de la FAI al reformismo y se abogaba por la vuelta a la legalidad del sindicato rojinegro. La C.N.T. mostró su apoyo a la opinión mayoritaria tendente a la convocación de unas Cortes Constituyentes. Además pedían “el respeto a la jornada legal de ocho horas, libertad sindical y la libertad de todos los presos políticosociales”. En un manifiesto de la CNT, publicado en 1930, se decía:
La CNT debe proclamar su solidaridad circunstancial con todas las fuerzas políticas y sociales que coincidan al exigir la convocatoria de Cortes constituyentes que liquiden el pasado y abran un nuevo cauce a la corriente de pensamiento moderno.
Vemos, pues, como desde la CNT, se consideró que no era incompatible la “solidaridad circunstancial” con el republicanismo, con el ideal anarquista y revolucionario. Asimismo, el Comité Nacional de la CNT, para no recibir críticas desde el sector más ortodoxo del anarquismo y de la FAI, concretó lo siguiente:
El Comité Nacional manifiesta clara y terminalmente que no se ha comprometido con nadie, absolutamente con nadie, para ninguna acción revolucionaria. Ni pactos ni compromisos.

De esta forma la CNT mandaba un aviso a las fuerzas republicanas para hacerles saber que solo apoyarían la voluntad del pueblo a acabar con el régimen monárquico pero que, una vez establecido el futuro régimen republicano, el movimiento anarcosindicalista volvería a ser un movimiento “al que se le deberían apretar los tornillos” desde el Estado.

Las firmas del Manifiesto de Inteligencia Republicana y las distintas acciones conspirativas contra Alfonso XII, hicieron que un sector importante del anarquismo estableciese cada vez más contactos amistosos con las fuerzas republicanas, sobre todo con el republicanismo catalanista. En octubre de 1930, se firmó el famoso Pacto de San Sebastián, en el cual todas las fuerzas republicanas del Estado español expondrían la necesidad de proclamar la República española y poner fin a la monarquía. A la firma de este pacto la CNT no se adhirió, pero sí que envió a dos delegados en calidad de observadores. La monarquía se tambaleaba, y las reuniones clandestinas con planes conspirativos iban en aumento. La CNT consiguió arrastrar a sus filas a algunos militares de la sublevación de Jaca, tales como Fermín Galán, Alejandro Sancho o el mismísimo Ramón Franco, hermano del ‘Caudillo’. Pero las primeras desavenencias con el republicanismo iban apareciendo, y la CNT, considerando como “política dilatoria” los procedimientos de las fuerzas firmantes del Pacto de San Sebastián, decidió ir por libre y comenzar a preparar acciones insurreccionales por toda la geografía española. Se formó un comité anarquista formado por Salvador Quemades y Rafael Vidiella que, con la ayuda de elementos del nacionalismo catalán, se encargaron de preparar las distintas acciones. Se produjeron distintas huelgas y sabotajes en Levante, Zaragoza y Logroño, pero de poca relevancia ya que el diez de octubre de 1930 el gobierno detuvo y encarceló a los militares republicanos implicados, a los republicano-nacionalistas Lluís Companys y Joan Lluhí y a los anarquistas Ángel Pestaña y Clara Sirvent.
El 29 de octubre, una delegación venida desde Madrid y formada por Miguel Maura y Ángel Galarza, se entrevistaron con los cenetistas Joan Peiró y Pere Massoni, con los que acordaron “establecer una inteligencia con los elementos políticos para crear un movimiento revolucionario”. En el mismo momento en que la conspiración antimonárquica alzaba el vuelo, la CNT se dividía en dos. Por una parte el sector más ortodoxo, representado por la FAI, criticaba que el sindicato tuviera relaciones con el movimiento republicano y hacia énfasis en ir por vía libre y dar comienzo a la revolución. Por otra parte, el sector más moderado y pragmático, que consideraba necesario establecer relaciones con el sector republicano y avanzar hacia la Segunda República española. La CNT, en su mayoría, después de las reuniones con los elementos republicanos, apoyó el movimiento pero no pactó nada, no quería hipotecar su libertad. En ese momento, la CNT jugaba un doble papel, por una parte la de no poner obstáculos a las conspiraciones republicanas contra la monarquía, y, por otra, la de mantener una imagen limpia de toda política institucional. Una última acción conjunta del republicanismo y el anarquismo fue la huelga general convocada el 15 de diciembre de 1930, que acabó en represión policial y con las prisiones del Estado repletas de conspiradores ácratas y republicanos. Pero la monarquía de Alfonso XIII ya estaba herida de muerte. El 12 de abril de 1931 se producen las elecciones municipales que, a modo de elecciones plebiscitarias, darían la victoria a las fuerzas republicanas. El voto obrero, y en parte anarquista, fue altamente decisivo para el triunfo de las fuerzas progresistas. Así lo explicaba Joan Peiró:

No voy yo a negar, que los sindicalistas revolucionarios, contribuimos indirectamente al triunfo electoral del 12 de abril. Las masas del pueblo, que sabían del dolor de los aguijonazos de la tirana Dictadura, sentían irresistibles ansias de cambiar el decorado político de España. Sus ansias trocaron en el anhelo republicano y nosotros –y todos los anarquistas también- impotentes por encauzar aquella formidable corriente antimonárquica por cauces superiores a la República, nos echamos a un lado y dejamos que el pueblo desbordado en santo entusiasmo hiciera su voluntad. No dijimos jamás a los trabajadores que acudieran a las urnas electorales; pero tampoco les dijimos que dejaran de ir a ellas.  

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Crítica al cosmopolitismo

Edward Hallet Carr, "La crítica realista del internacionalismo", en The Twenty Years' Crisis, 1919-1939. An Introduction to the Study of International Relations, Harper Torchbooks, Nueva York, 1964 (1.ª ed., 1939), pp. 85-88 (extractos).

El concepto de internacionalismo (cosmopolitismo) es una forma especial de la doctrina de la armonía de intereses. Al igual que esta doctrina, el internacionalismo tiene dificultades para presentarse como una realidad independiente de los intereses y de las políticas de sus promulgadores. Sun Yat-sen escribió que "el cosmopolitismo es lo mismo que la teoría china del imperio mundial de hace dos mil años (...). China deseaba ser dueña y señora del mundo y situarse por encima de todas las otras naciones, por ello adoptó el cosmopolitismo". En el Egipto de la Octava Dinastía, según Freud, "el imperialismo quedó reflejado en la religión de la universalidad y del monoteísmo". La doctrina de un único Estado mundial, propagada por el Imperio romano y después por la Iglesia católica, era el símbolo de su voluntad de dominio mundial. El internacionalismo moderno tiene su origen en la Francia de los siglos XVII y XVIII, momento en el que la hegemonía de Francia en Europa se hallaba en su momento álgido. Èste fue el periodo en el que Sully escribió Grand Dessin y el Abbé de Saint-Pierre su Projet de Paix Perpétuelle (planes para perpetuar el statu quo internacional favorable a la monarquía francesa); y en el que el francés se estableció como lengua universal de las personas cultivadas. Un siglo después el liderazgo pasó a Gran Bretaña, que se convirtió en el fuedo del internacionalismo. La víspera de la Gran Exposición de 1851 -acontecimiento que simbolizó mejor que cualquier otro la supremacía mundial de Gran Bretaña- el príncipe consorte habló de manera conmovedora de "ese gran final hacia el que apunta el curso de la historia: la consecución de la unidad del género humano", que Tennyson alabó como "el parlamento de los hombres, la federación mundial". En nuestro siglo, Francia eligió el momento de su mayor supremacía en los años veinte para lanzar un plan de "Unión Europea"; poco después Japón expresó su objetivo de proclamarse líder de una Asia Unida. Es sintomático del predominio internacional de los Estados Unidos el éxito que ha tenido esta publicación, a finales de los años treinta, de un libro de un periodista americano en el que se propone una unión mundial de democracias en la que los Estados Unidos desempeñaría un papel predominante.

De la misma manera que las llamadas a la "solidaridad nacional" en la política interna siempre proceden de un grupo dominante que desea usar esa solidaridad para reforzar su propio control sobre toda la nación, las llamadas a la solidaridad internacional y a la unión mundial proceden de aquellas naciones dominantes que esperan ejercer su control sobre un mundo unificado. Los países que están luchando desesperadamente para conseguir un puesto en el grupo de los poderosos tienden de manera natural a invocar el nacionalismo contra el internacionalismo de las potencias que controlan el sistema. En el siglo XVI, Inglaterra oponía su incipiente nacionalismo al internacionalismo del Papado y del Imperio. En el último siglo y medio, Alemania ha puesto su incipiente nacionalismo al internacionalismo, primero de Francia y después de Gran Bretaña. Estas circunstancias hicieron de Alemania un país impenetrable para las doctrinas universalistas y filantrópicas que se habían popularizado en la Francia del siglo XVIII y en la Gran Bretaña del siglo XIX; y su hostilidad al internacionalismo se agravó tras 1919, cuando Gran Bretaña y Francia se empeñaron en crear un nuevo "orden internacional" como baluarte de su propio predominio internacional. En las páginas de The Times (5 de noviembre de 1938) un corresponsal alemán escribía que "por internacional hemos llegado a entender una concepción que coloca a otras naciones por encima de la nuestra propia". Ahora bien, no hay duda de que, si Alemania llegara a conseguir la supremacía de Europa, adoptaría eslóganes internacionales y establecería algún tipo de organización internacional para reforzar su poder. Un ex ministro laborista del gobierno británico solicitó en un determinado momento (en la Cámara de los Lores, 30 de noviembre 1938) la supresión del artículo 16 del Pacto de la Sociedad de Naciones, ante el supuesto, no deseado, de que en algún momento los estados totalitarios pudieran hacerse con el control de la Sociedad e invocar dicho artículo para justificar el uso de la fuerza por su parte. Sin embargo, parecía más probable que dichos países desearan convertir el Pacto Anti-Komintern en una especie de organización internacional. "El Pacto Anti-Komintern- dijo Hitler en el Reichstag el 30 de enero de 1939- se convertirá algún día en el punto de cristalización de un grupo de potencias cuyo objetivo último no es otro que eliminar las amenazas a la paz y a la cultura instigadas por una aparición satánica." En el mismo momento un periodista italiano escribía: "o Europa alcanza la solidaridad o el Eje tendrá que imponerla". "Europa en su conjunto -dijo Goebbels- está adoptando un nuevo orden y una nueva orientación bajo el liderazgo intelectual de la Alemania nacionalsocialista y de la Italia fascista." Éstos eran síntomas no de un cambio de visión, sino del hecho de que Alemania e Italia sentían que se acercaba el momento en el que serían suficientemente fuertes para adoptar el internacionalismo. "Orden internacional" y "solidaridad internacional" serán siempre eslóganes de aquellos que se sienten suficientemente fuertes para imponérselo a los demás.  

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Tenemos que salir de este sitio: Anselm Jappe

Anselm Jappe, nació en Bonn, Alemania, en 1962. Actualmente vive en Francia, es el autor de diversos trabajos importantes de teoría crítica en alemán, francés e italiano, con muchos de sus trabajos traducidos a otras lenguas, incluyendo inglés, español y portugués. Es profesor en el Collège International de Philosophie en París y en la Accademia di Belle Arti di Sassari en Cerdeña. El autor de la entrevista original es Alastair Hemmens, profesor, investigador y traductor de la Universidad de Lenguas Modernas de Cardiff, esto es una traducción al español de la entrevista original, que se puede encontrar aqui 
AlastairEmpecemos por hablar brevemente sobre tu desarrollo intelectual dentro de la teoría crítica. ¿Nos podrías decir algo sobre el contexto histórico e intelectual en el cual tu enfoque hacia la teoría crítica se desarrolló en un principio? ¿Nos podrías remarcar algunas experiencias personales que te llevaron hacia una crítica radical del capitalismo? 
Jappe Una de las expresiones más importantes de la visión del mundo compartida por muchos jóvenes en los setenta es Patti Smith y su Outside of Society/That's where I wanna be” (“Rock ’n’ Roll Nigger,” 1978) [Fuera de la sociedad/Ahí es donde quiero estar]. Es también uno de los mejores resúmenes de los cambios producidos desde entonces. Hoy, se habla mucho sobre “exclusión” de la sociedad, sobre “marginación”, sobre la necesidad de “incluir” a todo tipo de gente en la sociedad. Estar “fuera de la sociedad” es pensado como la peor cosa que te podría pasar. Esto no es sorprendente, dado que hoy, la mayor amenaza que la sociedad capitalista nos impone es que somos virtualmente superfluos y fácilmente eso puede hacerse real. Pero en mi adolescencia, durante la segunda mitad de los años 70 en la ciudad alemana de Colonia, el eco de la rebelión del 68 aún resonaba con fuerza, incluso entre los muy jóvenes. Y la última cosa que yo y otros jóvenes revoltosos como yo queríamos era “integrarnos” en una sociedad que nos parecía despreciable. 
Escuela y familia, trabajo y Estado, cultura burguesa y moral tradicional, todo parecía querer “atraparnos” y forzarnos a “adaptarnos”. Para mi, y para otros, se convirtió en el desafío de nuestras vidas, el rechazo de la “adaptación”. Naturalmente, eso resultó ser mucho más difícil de lo que creíamos; pero me atrevo a decir que he intentado por lo menos mantenerme fiel al espíritu de mi juventud, en dos sentido: Primero, en el intento de entender y criticar la sociedad capitalista esencialmente a través de la lectura y la discusión -llamémoslo el lado político de la rebelión, que viene de la “cabeza”. Segundo, en el rechazo de las formas de vida que las autoridades nos impusieron -eso es, la parte “existencial” de la rebelión, que viene del “interior”. Para mí, era una elección clara: ni una militancia sacrificial, ni “amor, paz y felicidad” (ni “sexo, drogas y rock 'n' roll”, que es otra versión). Más bien, para citar otra canción: We gotta get out of this place” (“Tenemos que salir de este sitio”) (Eric Burdon, 1965). Así que escogí a Saint-Just y a Bakunin como modelos. Un poco más tarde empecé a leer a Marx, Marcuse y Adorno, pero también me atraía lo que por aquél entonces se llamaba “contracultura”, especialmente los hippies. Formé parte de algunos “colectivos”, tal y como se llamaban entonces, desde la oposición a medidas escolares autoritarias al movimiento anti-nuclear. Cuando tenía quince años,  una reunión especial de profesores tubo lugar para discutir si debía ser expulsado del instituto, como castigo por mis artículos en el periódico estudiantil. No fui expulsado, pero estuve cerca, fue un toque de atención. 
Mis elecciones intelectuales esencialmente me sirvieron para ahondar en mi espíritu rebelde. Me da la impresión de que esto es mucho menos común hoy por hoy. Actualmente, para cierta gente, una comprensión crítica de la sociedad capitalista va de la mano con una silenciosa carrera universitaria (o el intento por hacerla) y no aparece implicar una repulsa al modo de vida burgués y a la integración en la sociedad. Por otra parte, el rechazo “existencial” de la vida burguesa hoy es incapaz de expresarse y fácilmente se transforma en una especie de estilo de vida alternativo, que puede ser recuperado dentro de la lógica de la mercancía; la otra posibilidad es que lleve a la construcción de un gueto propio. Hay mucho descontento hoy, pero casi siempre dirigido a un asunto específico, desde el desastre ecológico al racismo, y raramente a la totalidad de la sociedad capitalista. El posmodernismo ha rearticulado incluso el espíritu antagónico. 
Así, crecí con el mito de la Revolución Francesa, y en 1974-1975 (cuando sólo tenía doce años) pensé que la revolución portuguesa la estaba repitiendo. Puede que te rías de mi ingenuidad, pero la prefiero a la actitud de aquellos que, ya en su adolescencia, se preparaban para “perder su vida ganándosela”, como decimos en francés. Siempre he estado en algún lugar entre el anarquismo y el Marxismo heterodoxo, y nunca tuve ninguna simpatía por concepciones autoritarias de la revolución (Estalinista, Maoísta, Leninista). Muy temprano, me di cuenta de la parte oscura del progreso tecnológico -un tema nuevo por aquél entonces- y leí a autores como Ivan Illich y Régine Pernoud. Pero no tenía prejuicios ideológicos: también leí a Nietzsche con mucha emoción. 
AlastairEn el mundo de habla inglesa, aún se te conoce mayormente por tu trabajo sobre Guy Debord y la Internacional Situacionista. Incluso diría que tu Guy Debord (1993) sigue siendo, más de veinte años después, considerado como el trabajo más importante sobre este tema. ¿Cómo descubriste en un principio a Debord? ¿Qué efecto, si ha tenido alguno, ha tenido él en tu pensamiento crítico? ¿Y por qué razón piensas que tu enfoque sobre su trabajo aún tiene tanto peso? 
JappeConocí a los Situacionistas en el contexto que acabo de describir. Un amigo mío, que era algunos años mayor y una especie de mentor, era una de las pocas personas en ese momento en Alemania que conocía acerca de los Situacionistas. Pero no sólo encontré sus ideas difíciles de comprender, también me sorprendieron: estaban dirigidas en contra de toda la militancia de izquierda radical, a la que yo era tan cercano (aunque yo la cuestionaba, pero me parecía imposible tener ningún otro tipo de acción colectiva). De un lado, sentí que golpearon algunas de mis convicciones más íntimas; por otro lado, también me fascinó algo mucho más profundo, radical y al mismo tiempo poético de lo que los panfletos de los grupos políticos de mi alrededor repartían, que adoptaban normalmente un tono muy moralizante. También me sedujo la llamada a una revolución de la vida cotidiana. Pero no fue hasta años después que leí el trabajo de Debord y los situacionistas más sistemáticamente. Dado que escogí a los Situacionistas como el tema de mi máster, pude dedicar mucho tiempo a leer sus textos. Por ese momento me había mudado a Italia y estudiaba filosofía en Roma. Hice el máster bajo la supervisión de Mario Perniola, profesor de estética que había conocido a Debord y a los Situacionistas personalmente y había estado cercano a ellos en la segunda mitad de los 60. Oficialmente, aun así, la Internacional Situacionista no existía en el mundo académico, ni en los medios. (No es bueno quejarse de esto: su estrategia de resistir la recuperación institucional y espectacular había funcionado bastante bien hasta ese momento.) Cuando Perniola me sugirió que publicara parte de mi tesis doctoral como un monográfico sobre Debord, resultó ser el primero dedicado a él. 
Si este libro ha sido traducido a cinco o seis idiomas, y si aún hoy se lee, incluso después del “descubrimiento” de Debord, después de su muerte en 1994, por un público mayor y las diversas publicaciones sobre él, puede deberse al hecho de que intenté remarcar su importancia como crítico radical de la sociedad capitalista, tanto en la teoría como en la práctica, y como alguien que consiguió vivir como quería vivir: fuera del espectáculo. La mayoría de publicaciones que vinieron después han enfatizado -demasiado, opino- la parte estética de su actividad, o su biografía, o han reducido su crítica social a una forma de teoría mediática. Como tal, contribuyen, conscientemente o no, a la incorporación de Debord a la industria cultural posmoderna. 
Pero no pretendía forjar la creación de una leyenda, ni pretendía convertirme en un “especialista”. De hecho, me sigo identificando mucho con sus ideas, pero también busco la posibilidad de desarrollar más allá la crítica de la totalidad del sistema capitalista. Por tanto, ¡no puedo simpatizar con aquellos que desarrollan aplicaciones de móvil “psicogeográficas” o cosas como esas! Ni con académicos que aclaman a Debord como un “profeta de la época de medios”, que ignora el hecho de que articuló una crítica sin concesiones a todas las formas de vida “permitidas”, incluyendo casi todas las formas de respuesta -¡especialmente el arte! Esta “amarga victoria del Situacionismo” era probablemente inevitable. Es aún más notable que el núcleo del análisis de Debord del espectáculo aún se mantiene en pie como un hito del pensamiento social crítico y que aún puede ser una fuente importante de inspiración. De la misma manera, su vida y actitud aún pueden ser inspiradoras -¡y no hay muchas figuras del siglo XX de las cuales podamos decir esto! 
AlastairUna década después de Guy Debordpublicaste Les Aventures de la marchandise [Las aventuras de la mercancía] (2003), que era un intento de exponer -por primera vez a un público amplio- una exposición sistemática de la teoría crítica del capitalismo desarrollada por el grupo alemán WertKritik [Crítica del valor], particularmente tal y como fue articulada por el tardío teórico Robert Kurz. Se podría decir que te has convertido en el más conocido defensor de la Teoría Crítica del Valor en Francia. ¿Qué es la Crítica del Valor? ¿Cómo llegaste a conocerla y por qué ha llegado a ser tan importante para ti? 
JappeConcebí mi libro Guy Debord no como la contemplación de un fenómeno pasado, mas como una contribución a la elaboración de una nueva comprensión del capitalismo tardío y las posibilidades de superarlo. Así que estaba buscando otros análisis radicales del lamentable estado del mundo. Alrededor de 1993 me encontré con la Crítica del Valor y la revista alemana Krisis. En concreto me sorprendió la tesis de Robert Kurz de que el colapso de la URSS no suponía que el capitalismo había finalmente triunfado, sino que todo lo contrario, había dado otro paso en la dirección de su crisis final. La afirmación del grupo Krisis de que el fetichismo de la mercancía, y no la lucha de clases, supone el núcleo de la sociedad capitalista me convenció en gran medida, ya que la teoría de Debord ya había puesto énfasis en la importancia de categorías como la alienación, el fetichismo, la mercancía, y el valor (aunque sin renunciar al paradigma de la lucha de clases). Otro aspecto que acerca las ideas Situacionistas a la Crítica del Valor es la crítica del trabajo. Debord nos dio el eslogan “¡Abajo el trabajo!” y llamó a la “abolición del trabajo alienado”. La Crítica del Valor ya no considera el trabajo como lo opuesto al capital y el agente para su superación (como en el marxismo tradicional), mas como parte de la valorización del valor mediante el trabajo abstracto. Trabajo abstracto significa trabajo sin cualidad, trabajo considerado como puro gasto de energía humana medida por el tiempo, sin ningún contenido específico. Es por tanto una forma destructiva de producción social, ya que no puede tener en cuanta su contenido y sus consecuencias. Para Krisis, la esencia de la teoría de Marx está en su descripción crítica del trabajo y el valor, mercancía y dinero: éstas no son naturales, sino categorías históricas que caracterizan únicamente la sociedad capitalista, y no son categorías neutrales de las cuales los movimientos emancipatorios podrían apoderarse; de hecho, son en su misma estructura, formas alienadas de la actividad humana. La producción de valores de uso existe únicamente como una especie de apéndice de la producción de valores, que consiste en la transformación de una suma de dinero en una suma mayor de dinero-y esto puede ser realizado únicamente añadiendo trabajo al trabajo, sin ninguna consideración sobre su utilidad real. 
La lucha de clases es la forma en la cual el desarrollo histórico de la lógica del valor tuvo lugar. El movimiento de los trabajadores, en sus diversas corrientes, fue mayormente una lucha por una redistribución más justa de las categorías básicas que ya no eran cuestionadas: dinero y valor, trabajo y mercancía. Eran esencialmente formas de crítica inmanente, asociadas a la fase ascendente del capitalismo, cuando aún había algo que distribuir. Pero desde el primer momento, había una gran contradicción acechando dentro del modo del proceso de producción de valores: únicamente el trabajo vivo -trabajo en el acto de su ejecución- genera valor. La tecnología no. Sin embargo, la competencia entre diversos capitales al mismo tiempo fuerza a cada dueño de capital a usar la tecnología al máximo de sus posibilidades con tal de incrementar la productividad de sus trabajadores. Ésto le permite obtener más ganancia a corto plazo. Sin embargo, el valor contenido en cada mercancía particular disminuye. Únicamente un incremento continuo de la masa total de mercancías puede compensar esta disminución en el valor de cada mercancía, pero este mecanismo crea la locura de la producción con el fin de producir, con todas las terribles consecuencias ecológicas que actualmente conocemos. Este mecanismo de compensación no puede durar para siempre, y desde los 70 en adelante, la revolución microelectrónica definitivamente destruyó mucho más trabajo del que creó. Desde entonces, el capitalismo se encuentra estancado en una crisis continua. Esta crisis ya no es cíclica; de hecho está causada por el capitalismo alcanzando sus límites internos. Únicamente la expansión masiva de la deuda y de los mercados financieros continua enmascarando el profundo agotamiento de la producción capitalista. Ante esta nueva situación, la pregunta ya no es como mejorar la condición de los trabajadores dentro de este sistema mercantil, mas como salir de este sistema del dinero y el valor, mercancía y trabajo, una superación global. Ésto ya no es un proyecto utópico, de hecho, es la única posible reacción al fin real del dinero y el valor, mercancía y trabajo, que ya se está produciendo. La única cuestión es si habrá un resultado emancipatorio o una barbarie generalizada. 
Por más de veinte años he contribuido a la elaboración y difusión de la Crítica del Valor porque pienso que este enfoque es el único que afronta el núcleo mismo del sistema capitalista, en vez de limitarse a describir fenómenos individuales. En concreto, tiene en cuenta el hecho de que hoy, a un nivel global, la producción de “poblaciones superfluas” es un problema incluso mayor que la explotación. Estoy convencido que este tipo de crítica teórica y sus consecuencias prácticas son la única alternativa a la creciente ola de populismo que restringe su crítica a una oposición a los bancos, a las esferas especulativas y financieras, y que puede resultar en un “mix” peligroso de opiniones izquierdistas con ideas tradicionales de la derecha. 
AlastairPuede que la tesis central y más radical de la Crítica del Valor es que el trabajo es una forma social enteramente negativa y destructiva que es, por otra parte, históricamente específica del capitalismo. ¿En qué se diferencia tu crítica del trabajo de formas más tradicionales, como la del movimiento autónomo o la anarquista?¿De qué manera esta crítica del trabajo separa a la Crítica del Valor de otras “grandes teorías” de la emancipación social? 
Jappe Prácticamente la totalidad del movimiento obrero -incluso en sus formas anarquistas- era una defensa del trabajo y de la perspectiva de los trabajadores. El trabajo era considerado como un eterno principio ontológico, idéntico a un “intercambio orgánico” del hombre con la naturaleza. Como tal, los trabajadores fueron alabados como la encarnación de este principio “bueno”, y los explotadores que poseían los medios de producción eran simplemente vistos como parásitos. La mercancía, el valor, el dinero, y el trabajo abstracto eran entendidos como las bases técnicas de toda forma de producción posible; y la sociedad socialista, comunista o anarquista del futuro debía consistir en la organización “racional” o “proletaria” o “democrática” de estas categorías. En el mejor de los casos, estaba la promesa de que serían abolidas en un futuro muy distante. Debo decir que Marx mismo fue muchas veces un tanto ambiguo sobre ésto y algunas veces cuestionó el estatus suprahistórico del trabajo. Marx describió la “naturaleza doble del trabajo”-concreto y abstracto- y lo llamó su “más importante descubrimiento”. Más de cien años después, la Crítica del Valor redescubrió este aspecto de la teoría de Marx. Lo que podríamos llamar “marxismo tradicional”, en cambio, fue en la dirección contraria: el trabajo, especialmente el trabajo industrial, sería para siempre la base de toda sociedad. Aunque los inicios del movimiento de los trabajadores, en la forma de los Luditas y los proto-socialistas franceses, fue caracterizado por una cierta crítica al trabajo industrial, el movimiento fue rápidamente atrapado bajo la mitología del progreso y el papel del trabajo en su realización. El objetivo se convirtió en liberar el trabajo, no a los trabajadores de él. Este enfoque alcanzó su máximo en la admiración de Lenin y Gramsci de Henry Ford y la “Tailorización” del trabajo. En la URSS, China, y en todas partes esencialmente supuso hacer a la gente trabajar más y más duramente que nunca antes, pero diciéndoles, al mismo tiempo, que eran los dueños de los medios de producción. 
La izquierda radical únicamente ha condenado el dominio que el aparato burocrático tuvo en la colectivización socialista de la propiedad, pero no el rol del trabajo mismo y el como estaba organizado. Incluso los anarquistas tendían a participar del culto del trabajador. Era únicamente entre artistas, poetas, y bohemios -particularmente, los surrealistas- que se podía encontrar un rechazo del trabajo. Después de 1968, el rechazo del trabajo comenzó a surgir dentro de algunos sectores de la clase trabajadora, particularmente en el norte de Italia, y entre mucha gente joven que ya no identificaban su proyecto con pasar su vida trabajando. Por un lado, esto acabó siendo una especie de laboratorio para nuevas, más “flexibles”, formas de trabajo posmodernas que pretenden superar la distinción entre trabajo y ocio. Por otro lado, en tendencias “autónomas” y del “post-trabajo” uno puede encontrar un rechazo al trabajo heterónomo. Este rechazo, aun así, permaneció subjetivo, sin una comprensión teórica de la naturaleza doble del trabajo, y por tanto llevó a resultados dudosos: ya sea alabando a las máquinas que se supone que deben trabajar en nuestro lugar, con resultados en la tecnofilia y la aceptación de un proceso mediante el cual los seres humanos son remplazados por la tecnología, o celebrando el freelance, en el que se cree que las personas manejan su propio trabajo y sus propios medios de producción por sí mismos (en el sector de la información y la comunicación, por ejemplo), aunque permanecen completamente dependientes de los mecanismos del mercado. Los teóricos del post-trabajo, acostumbran a hablar de la “autovalorización” como un objetivo positivo, en vez de cuestionar el proceso entero en el cual la utilidad de un producto está subordinada al “valor” que se le da por la cantidad de trabajo muerto que contiene. 
El enfoque de la Crítica del Valor es muy diferente porque insiste en la “naturaleza doble” del trabajo en la sociedad capitalista (y únicamente en la sociedad capitalista): el valor de uso de cada mercancía no importa; es la cantidad de trabajo abstracto que “contiene” (o “representa”) que cuenta. Lo que quiere decir que el trabajo, como tal, queda reducido al simple gasto de energía humana. Es el lado abstracto, el del “valor”, en su forma visible como dinero, que domina lo concreto. Las leyes de la creación y circulación del valor se imponen a la totalidad de la sociedad y no dejan lugar para decisiones conscientes, subjetivas, ni siquiera para las “clases dominantes”: esto es lo que Marx llama “fetichismo de la mercancía”. No es natural, mas una inversión de la relación normal entre abstracto y concreto. La tiranía absurda del trabajo en la sociedad moderna es la consecuencia directa del rol estructural del trabajo abstracto. Si no lo tenemos en cuenta, cualquier rebelión contra el trabajo sigue siendo superficial. 
AlastairCon los eventos recientes en Grecia aún frescos en nuestras mentes, está claro que la crisis financiera del 2008 estaba lejos de ser un simple “bache” en una saludable economía capitalista. En contraste con aquellos que culpan de la mala gestión o la codicia de los capitalistas a estas crisis, ¿De qué manera la Crítica del Valor nos ayuda a entender lo que está pasando estructuralmente, detrás de la apariencia de estos críticos colapsos de los sistemas financieros y de las economías financieras? 
JappeLos teóricos burgueses siempre han creído que el capitalismo es “eterno” porque, arguyen, funciona en concordancia con la “naturaleza humana”. Para ellos, todas las crisis son sólo cíclicas y transitorias: son entendidas como el resultado de desequilibrios entre oferta y demanda, o incluso alabadas como una especie de “destrucción creativa”. Para el marxismo, el capitalismo es transitorio y condenado a ser superado algún día, pero su abolición siempre se esperó que fuera el producto de las acciones revolucionarias de la clase trabajadora u otro adversario organizado. La posibilidad de que el capitalismo pueda tener límites internos que serían alcanzados en algún momento casi nunca fue tomada en cuenta después de la muerte de Marx. Cuando el marxismo, en sus principales corrientes, predijo un colapso final, siempre asumió que éste tomaría la forma de una revolución política que resultaría de las intolerables condiciones creadas por la explotación capitalista. Existe, aun así, un factor muy importante que no era tomado en consideración: la disminución de la masa de valor (y plusvalía) a largo plazo que he mencionado antes. Este problema apareció únicamente de una manera limitada: el descenso de la tasa de ganancia. 
Después de que el capitalismo fue capaz de incorporar satisfactoriamente críticas inmanentes dentro suyo, particularmente durante el boom Keynesiano-Fordista que siguió a la Segunda Guerra Mundial, muchos marxistas se convencieron definitivamente de que el capitalismo nunca encontraría otra crisis económica y que únicamente el descontento subjetivo podría traer su superación. Los Situacionistas, y la Escuela de Frankfurt, adoptaron esta perspectiva. Como he mencionado antes, esto cambió completamente después de los 70. La acumulación de capital llegó a sus límites dado que su base, la extracción de plusvalía del trabajo vivo, se hizo más y más pequeña al disminuir continuamente la importancia del trabajo vivo. El resultado es que el capitalismo es hoy únicamente capaz de sobrevivir a través de la simulación; esto es, anticipando beneficios futuros -que nunca llegarán- a través del crédito. La Crítica del Valor lleva manteniendo esta tesis desde 1987. En los 90, la evidencia empírica parecía contradecir esta tesis, pero después de 2008, todo el mundo ha empezado a hablar de lo profunda que es la crisis. La realidad es que 2008 fue únicamente un premonitor de la crisis del capitalismo y no fue, de ninguna manera, un colapso real. Pero incluso en la izquierda y en la izquierda radical, ¡La creencia en la naturaleza eterna del capitalismo es sorprendentemente ampliamente sostenida! 
Es muy común ver la crisis atribuida a los mercados financieros asfixiando la “economía real”. La realidad es completamente la contraria: únicamente el crédito permite continuar la simulación de producción de valores -es decir, de beneficio- una vez que la acumulación real ha llegado prácticamente a detenerse por completo. Incluso la explotación masiva de trabajadores en Asia contribuye muy poco a la masa global de beneficio. Sustituir la critica del capitalismo con la crítica de los mercados financieros es puro populismo y simplemente supone evitar las cuestiones reales. El drama real es que todo el mundo es forzado a trabajar para poder vivir, incluso cuando el trabajo ya no es necesario en la producción. El problema no es la codicia de individuos específicos -aunque esta codicia obviamente sea real- y no puede ser resuelto en base a la moral. Los banqueros y los de su calaña -quienes, no se puede negar, son normalmente figuras bastante poco agradables- únicamente siguen las leyes ciegas de un sistema fetichista que debe ser criticado como un todo. 
Kurz llama a este proceso la desubstantialization of money” [“pérdida de sustancia del dinero”]. Ya que únicamente el trabajo crea valor, éste forma su “sustancia”. Y ésto no es un proceso imaginario; la energía humana ha sido consumida realmente y existe en una cierta cantidad (aunque esta sea muy difícil de medir). El valor no puede ser creado por decreto, únicamente por un proceso real de trabajo -y debe ser “trabajo productivo” en el sentido capitalista (es decir, que no debe únicamente consumir capital sino ayudar a reproducirlo). El dinero puede ser creado por decreto -pero cuando esto se hace, no corresponde a la cantidad real de trabajo que debe “representar”, no tiene “sustancia” y pierde su valor a través de alguna forma de inflación (aunque durante décadas la explosión de una inflación masiva ha sido postergada introduciendo cantidades ingentes de capital ficticio en los mercados de valores, vía políticas estatales, etc.). Aquí, la Crítica del Valor se encuentra en contraste directo con casi todos los economistas “de izquierda”, que acostumbran a ser únicamente neo-Keynesianos. 
AlastairEstás trabajando actualmente en un nuevo libro, Les aventures du sujet moderne [La Aventuras del Sujeto Moderno], que será un acompañante a tu exposición original de la Crítica del Valor, pero uno que explora con más detalle el lado “subjetivo” de la formación social capitalista. Argumentas que la forma del sujeto, como el “trabajo”, es históricamente específico del capitalismo y que también es destructivo. Basándote en el trabajo del crítico social americano Christopher Lasch, también arguyes que esta subjetividad capitalista es una especie de narcisismo. ¿Podrías explicar la relación entre tu crítica del trabajo y la forma del sujeto?¿Como puede ser la “subjetividad” también ser algo específico del capitalismo?¿Por qué motivo esta forma de sujeto es narcisista y que papel ha tenido la crítica de la sociedad moderna de Lasch (conservador) en el desarrollo de tu teoría? 
JappeLa crítica a la noción de “sujeto” se convirtió en un aspecto clave de la Crítica del Valor en un momento inicial. En el marxismo tradicional, como en la mayoría de filosofías modernas desde Descartes, el sujeto es algo que siempre ha existido. Es un hecho ontológico. Los marxistas identificaron rápidamente el sujeto con la clase trabajadora, que media entre el hombre y la naturaleza y que hace la historia en la forma de “sujeto revolucionario”. Desde este punto de vista, la “emancipación” (o “revolución”) significa que el sujeto, que hasta entonces ha sido reprimido, finalmente gana todo sus derechos. Las “filosofías del sujeto” tradicionales han sido atacadas fuertemente desde los 50, particularmente en el nombre del estructuralismo, la lingüística y el psicoanálisis. Existían muchas buenas razones para esta “deconstrucción” del sujeto. Aún así, no deconstruyó el sujeto como una categoría histórica y se declaró que ningún sujeto había existido jamás y que no podría existir nunca, que fue un “error epistemológico”. La Crítica del Valor, por otra parte, se centró en el concepto de Marx del fetichismo de la mercancía: los hombres hacen su propia historia pero lo hacen inconscientemente. Los hombres crean estructuras (“leyes económicas”, “imperativos tecnológicos”, etc.) que terminan por dominarlos, de la misma manera que la religión. El único sujeto real en una sociedad capitalista es el valor, que Marx llama el “sujeto automático”: el valor hace la sociedad humana lo sirva con tal de asegurarse que su acumulación nunca termina. La humanidad se convirtió en el sirviente de sus propios poderes alienados. Pero esto es parte de un proceso histórico. La historia, tal y como se ha desarrollado hasta hoy, puede ser descrita como una sucesión de varias formas de fetichismo y de formas de mediación social alienadas e inconscientes. Ésto no tiene nada que ver con la “condición humana”. Puede ser superado, al menos en principio. Esta superación, sin embargo, ya no puede ser pensada como el triunfo de un “sujeto” preexistente que ha sobrevivido bajo las cenizas de la alienación capitalista. Ya no podemos sostener que la “gente”, las “masas”, los “trabajadores” están, en su núcleo, intactos, y que no han sido influidos por la lógica de la mercancía (competitividad, codicia, oportunismo, etc.). Éste puede ser el caso en momentos donde la modernidad aún estaba empezando a emerger, pero ya no es sostenible. Si aceptan el sistema, no es simplemente por la “manipulación mediática” o algo parecido. Ésta es también la limitación de todos los discursos que hacen apología de la “democratización”. 
El sujeto moderno fue formado mediante la internalización de las restricciones sociales que existían en las sociedades precedentes como impuestas desde el exterior. El Panopticon de Jeremy Bentham es el paradigma de la “libertad” del sujeto moderno. A la Ilustración, y a Immanuel Kant en particular, se les atribuye la invención de la autonomía del sujeto moderno. Sin embargo, los filósofos de la Ilustración -Kant, una vez más, el mejor ejemplo- no identificaban el “sujeto” con el “ser humano” como tal, mas únicamente con aquellos que demostraran que eran “responsables”: en otras palabras, aquellos que conseguían controlar sus comportamientos humanos “espontáneos”. La principal condición para ser sujeto era ponerse a uno mismo a trabajar, concebirse a sí mismo como trabajador, y desarrollar todas las cualidades necesarias para la competición capitalista: falta de emociones, denegación de la satisfacción inmediata, ser frío con uno mismo y los demás, etc. A las mujeres y las personas no europeas no se les dio el estatus de sujeto. Por supuesto, más tarde en la historia, fueron capaces de conseguirlo pero sólo después de demostrar que tenían las mismas cualidades (negativas) que los hombres blancos, que eran aún así, considerados como los únicos sujetos verdaderos. El estatus de sujeto está, por ende, conectado profundamente al trabajo; y la superación de la sociedad moderna -en la cual la gente está definida básicamente por su contribución a la producción de valor abstracto a través del trabajo- será también la superación de lo que llamamos “sujeto”; no para reemplazarlo con estructuras “objetivas” ciegas, mas por el florecimiento real del individuo.  
Estoy tratando de desarrollar la crítica del sujeto más allá conectándolo al concepto de narcisismo, en particular, a través de mi lectura del trabajo de Lasch. El narcisismo puede ser entendido como la forma psicológica del capitalismo posmoderno, de la misma manera que la neurosis clásica descrita por Freud corresponde al capitalismo clásico. Pero, narcisismo no quiere simplemente decir autoestima excesiva. Como muestra Lasch, significa una regresión profunda a la mezcla de sentimientos de impotencia y omnipotencia que caracteriza los primeros años de la infancia. La cultura humana es un esfuerzo continuo para ayudar al individuo humano a superar esta forma primitiva e infantil de la angustia. El capitalismo tardío, por el contrario, estimula la regresión hacia estas estructuras primitivas, principalmente cultivando la mentalidad consumista. Es por esta razón que podemos decir con razón que los individuos posmodernos acostumbran a ser extremadamente inmaduros y explicar por qué algunos de ellos caen fácilmente presas del comportamiento violento, llegando al punto de tiroteos en las escuelas y fenómenos de este tipo. Hoy, la sociedad de la mercancía está basada no tanto en la represión del deseo (aunque eso continúe existiendo) sino en crear la sensación de que no hay barreras ni límites. El psicoanálisis es bastante útil para entender el carácter patológico de la sociedad contemporánea, que no es simplemente una manera de explotar a la gente en beneficio de otra injusta pero racional, pero que es, en gran parte, una carrera hacia el abismo irracional, destructiva y autodestructiva. Esto se hace obvio concretamente con las crisis capitalistas de las últimas décadas. Pero, ésto no se debe simplemente a los “excesos” del neoliberalismo. Esta irracionalidad se encuentra en el mismo núcleo de la estructura del valor y su indiferencia para con todo contenido, toda cualidad, con el mundo. En Descartes, en 1637, ya podemos encontrar por entero la estructura narcisista de un sujeto que está completamente en desacuerdo con el mundo exterior. Tenemos que remontarnos bastante atrás en el tiempo cuando buscamos la génesis de esta sociedad de la mercancía fetichista y narcisista. 
AlastairEn tu colección de ensayos de 2011, Crédito a muerte, argumentas que el nuevo rol que el arte ha tomado desde el periodo de posguerra señala, de la misma manera, este giro narcisista en la sociedad capitalista. Cuando, en el pasado, era tarea del arte el desafiar y juzgar a su audiencia, por ser dificultosa, hoy el arte pretende únicamente complacer las experiencias y el juicio de sus espectadores. También, como parte de este argumento, has propuesto que necesitamos responder con una jerarquía de valores culturales. ¿Piensas, al contrario que Debord, que el arte merece ser salvado o que algo como tal es aún posible?¿Qué jerarquía de valores crees que podría combatir esta narcisista y posmoderna democratización de la cultura?¿Por qué deberíamos tratar la descomposición del arte de manera diferente a la descomposición del trabajo y del sujeto? 
JappeUno de los aspectos más importantes de la agitación situacionista, puede que el más chocante, fue su condena del arte como otra forma de espectáculo y como forma de alienación de los poderes humanos en general. Para Debord, el arte, como la política o la religión, era una de las formas como se habían desarrollado las capacidades humanas, pero que lo habían hecho mucho más allá del control humano. Era el momento de devolverlas a la vida diaria. No había un desprecio del arte en ésto. Por el contrario, el auto-dépassement situacionista, o superación del arte (en el sentido hegeliano de aufheben, de preservar y abolir al mismo tiempo, una especie de negación de la negación del arte) fue el final de un proceso en el cual el arte cuestionó su propia existencia, particularmente en Francia, alcanzando el clímax con los Dadaistas y los Surrealistas. Los Situacionistas querían completar la autodestrucción del arte en el nombre de un “arte de la vida diaria” superior, que pudiera incorporar los aspectos positivos de lo que había sido el arte anteriormente. 
Aun así, este proyecto, que se anuncio en un primer momento en los 50 y los 60, requería de la revolución social para ser realizado. Lo que ocurrió, al contrario, después de 1968 fue el auge de una nueva forma de capitalismo, su “tercer espíritu”, como Luc Boltanski y Eve Chiapello lo llaman, que se basa en gran medida en la tradición artística y bohemia, incorporando la “crítica artística” a nuevas formas de trabajo que se presentan ahora a los individuos como formas de autorealizaciónÉsto ha resultado en una expansión gigantesca de la industria cultural que transformó la cultura en una mercancía, y en una herramienta para vender mercancías. De hecho, ésto ha supuesto que ha habido una reintegración del arte y de la cultura a la vida cotidiana, pero únicamente de un modo perverso. Como resultado, debemos decir que el arte puede, o debería, intentar ser lo que en sus mejores momentos fue: una representación de lo posible, el sueño de una vida plena, o de la condena de un mundo insoportable. 
El problema es que parece muy difícil encontrar actualmente arte que tenga la capacidad de sacarnos fuera de nuestros hábitos mentales, como el arte de vanguardia, o alguien como Edward Hopper, fueron capaces de hacer. No hace falta ni decirlo, que la subversión y la transgresión se han convertido simplemente en características para la venta. El arte debería darnos un shock existencial y llevarnos a cuestionarnos (aunque represente la belleza -”chocante” no quiere decir siempre “feo”), en lugar de simplemente afirmar lo que ya somos. Esto significa que podemos juzgar las obras artísticas en su capacidad de entrar en un diálogo enriquecedor con el espectador (o lector). Si lo hacemos, creo que probablemente descubriremos que Moby-Dick no está en el mismo nivel que el manga. Y deberíamos decir todo lo expuesto con fuerza, en lugar de escondernos detrás la nivelación pseudodemocrática de todos los juicios cualitativos. El valor es indiferente a toda cualidad y a todo contenido; la cultura debería plantar cara a esta abolición de la diferencia. 
AlastairPor último. ¿Qué forma piensas que puede tener un movimiento emancipatorio en el mejor de los casos? En otras palabras, ¿Qué debería hacer la gente frente a la crisis del capitalismo? 
JappeLa cuestión ya no es si podemos escapar al capitalismo mas cómo pasará, porque la sociedad ya está colapsando por todas partes alrededor nuestro, aunque lo haga a diferentes velocidades en diferentes sectores y regiones del mundo. Una gran parte de la humanidad ya ha sido designada como “basura” y está condenada a sobrevivir, de la mejor manera que pueda, a menudo en vertederos o reciclando basura. El dinero, el valor, el trabajo y la mercancía están siendo superadas, pero como si de una pesadilla se tratase. No demasiado trabajo “real” es necesario en la producción, pero todos somos forzados a trabajar para vivir. El dinero en circulación, actualmente, es en gran medida “insustancial”, basado únicamente en el crédito y la confianza. La producción de valor se está reduciendo. La verdadera pregunta ahora es como construir alternativas, y estas sólo pueden existir en un mundo que deje atrás el mercado y el estado. Ya no hay ninguna política “económica” o sistema, aunque sea más “justo” o “alternativo”, que pueda resolver este problema porque todos están basados en la acumulación de trabajo abstracto. El único rol que el estado puede jugar en todo esto es el de represor administrativo de la miseria creada por las crisis del capitalismo. Ningún partido, ningunas elecciones, ningún gobierno “revolucionario”, ningún asalto al Palacio de Invierno puede llevar a otra cosa distinta de la administración continuada de la sociedad de la mercancía bajo condiciones que continuamente empeoran. Por este motivo todas las políticas de izquierda han fracasado estrepitosamente en las últimas décadas. La izquierda no ha sido capaz de imponer una economía Keynesiana ni de traer de vuelta al estado del bienestar para reemplazar al neoliberalismo. No es una cuestión de falta de fuerza de voluntad. Las “leyes económicas” no pueden ser “humanizadas”. Únicamente pueden ser abolidas con tal de volver a una sociedad dónde la satisfacción de necesidades no esté basada en una “esfera económica” que dependa del trabajo.  
Lo que necesitamos, por tanto, podría ser denotada como una especie de grassroots revolution” [revolución popular] con un nuevo significado, que no tenga miedo de la necesidad de confrontar a aquéllos que defienden el sistema dominante, particularmente cuando se trata de satisfacer necesidades básicas -alojamiento, instalaciones de producción, recursos- sin pasar por la mediación del dinero. Debemos reunir las luchas socioeconómicas -contra los desahucios, por ejemplo, o la expropiación de tierras de grandes compañías -con luchas medioambientales y antitecnológicas- contra la minería, nuevos aeropuertos, poder nuclear, transgénicos, nanotecnología, vigilancia...- y luchas para cambiar la manera de pensar de la gente -superando la psique mercantil. Esto quiere decir una transformación real de la civilización, mucho más profunda que un mero cambio político o económico. Las transformaciones de las que hablo van mucho más allá del lema, “somos el 99%”: que es simplemente una forma de populismo que enfrenta a una pequeña minoría de llamados “parásitos” contra “nosotros”, los trabajadores honestos y ahorradores. Estamos todos metidos hasta el cuello en esta sociedad, y debemos actuar a todos los niveles para escapar. La humanidad ha sido completamente victoriosa en su lucha para convertirse en los “maestros de la naturaleza”, como Descartes dijo, pero está al mismo tiempo más indefensa que nunca delante de la sociedad que ha creado.