martes, 4 de octubre de 2016

Bakunin y Marx: una amistad imposible

Para entender la cosmovisión bakunista, y más aún su ‘biblia’ anarquista (Consideraciones filosóficas  sobre el fantasma divino, sobre el mundo real y sobre el hombre), es necesario entender previamente su relación política y personal con otro hombre, Karl Marx.
La primera vez que Mijaíl Bakunin y Karl Marx se encontraron fue en el París de 1844, junto con otros refugiados políticos de diversas partes de la Europa decimonónica. Bakunin se hospedó primeramente en el local donde se editaba el diario político ‘Vorwärts’, en el cual escribían Marx, Engels, Ruge, Bernstein, Herwegh, entre otros. Al principio, Bakunin fue un huésped poco molesto, pues aun no estaba interesado en aquello que se debatía en el Comité de Redacción de aquel diario. Así pues, Bakunin se comenzó a caracterizar por estar poco por casa. “¿Por qué no escribe nada Bakunin?” le preguntaba Engels a Marx en una carta de enero de 1845. Bakunin, también prematuramente comenzó a tener un gran respeto y admiración –y así fue hasta su muerte- por Karl Marx, como el propio ruso escribiría en 1844: “Marx está mucho más avanzado que nosotros”. Pero esta admiración no debía confundirse con lo que solemos llamar amistad, como algunos pretenden o han pretendido hacer ver. La relación entre Marx y Bakunin siempre fue una relación de amor-odio, llena de altibajos, pero nunca hubo una amistad sincera, pues sus enfrentamientos políticos se entrelazaban con lo personal, con lo que nunca se sabía si era lo personal o lo político lo que precedía a sus enfrentamientos. Decía Bakunin: “Nos veíamos con frecuencia, pues yo le respetaba mucho por su ciencia y por su dedicación apasionante y seria, aunque siempre mezclada con vanidad personal, a la causa del proletariado… Sin embargo, entre nosotros nunca hubo amistad franca. Nuestros temperamentos no lo permitían. Él me trataba de idealista sentimental, y tenía razón; yo le llamaba vanidoso pérfido, y también tenía razón.”
Pero pronto empezaron los problemas de Bakunin para con “los alemanes”. En una carta del ruso a Herwegh en 1847 le dice que “los alemanes –Marx sobre todo- dan curso a su malignidad habitual”. ¿A qué malignidad se refería Mijaíl Bakunin? Se refería, pues, a las infames acusaciones que comenzaron a verterse sobre su persona por parte de los alemanes ya que, no siendo aún anarquista colectivista, comenzó a frecuentar a todas horas las organizaciones obreras. Bakunin no escribía, pero actuaba, y mucho. Una prueba de esa “malignidad” alemana la encontramos en la Neue Rheinische Zeitung, en su número del 6 de julio de 1848 –dirigido por Marx- en la que se asegura que Bakunin es un espía del Zar y que se tenía “pruebas fehacientes de ello”.
Durante ese mismo año, en Berlín, Mijaíl se vuelve a encontrar con Karl Marx y el primero cuenta lo siguiente: “Amigos comunes nos forzaron a abrazarnos. Entonces en una conversación medio en broma medio en serio, Marx me dijo: ‘¿Sabes que ahora estoy a la cabeza de una sociedad comunista secreta tan bien disciplinada que si yo dijese a uno de sus miembros ¡Mata a Bakunin!, él te habría matado?’ Yo le respondí que si su sociedad secreta no tenía otra cosa que hacer más que matar a las gentes que no les gustaban, no podría ser más que una sociedad de criados o de fanfarrones ridículos.”


De 1848 hasta 1861 Mijaíl Bakunin pasaría doce años en prisión, e incluso durante este periodo de tiempo, las calumnias procedentes desde los círculos de Marx no cesaron. Incluso se llegó a decir que su salida de prisión tras doce años de cautiverio fue obra del gobierno del Zar.
Tras salir de prisión, Bakunin llega a Londres en 1863 y retoma la traducción del Manifiesto Comunista al ruso. Y Marx, de forma muy sincera dice del ruso: “Es, en resumen, uno de los raros hombres de quien, después de dieciséis años, constato progreso y no retroceso.” (Carta a Engels el 4 de noviembre de 1863)
En esta época, Mijaíl Bakunin comenzó abandonar su nacionalismo paneslavista para recabar en el anarquismo, cosa que hizo que Marx lo viera como mejores ojos, y es cuando le invita formalmente a que se sume a la Primera Internacional. Es menester señalar que durante ese momento Bakunin lideraba la “Liga de la Paz y la Libertad” y que pretendía entrar en la Primera Internacional junto con su organización. De forma paralela a esto, Bakunin le dice a Marx mediante una carta, para dar su confirmación de entrada en la Primera Internacional, lo siguiente: “[…] Tú te preguntas si yo sigo siendo amigo tuyo. Sí, más que nunca, querido Marx, porque más que nunca he llegado a comprender cuánta razón llevabas al seguir, y al invitarnos a seguir, la gran ruta de la revolución económica y al denigrar a los que de entre nosotros podían perderse en empresas ya nacionalistas, ya exclusivamente políticas. Yo hago ahora lo que tú has comenzado has comenzado a hacer hace más de veinte años. Después de los adioses solemnes y públicos que he dirigido a los burgueses del Congreso de Berna, no conozco ya ninguna otra sociedad, ningún otro mundo que el de los trabajadores. Mi patria ahora es la Internacional, de la que tú eres uno de los principales fundadores. Ya ves, querido amigo, que soy tu discípulo y que nunca he dejado de serlo. He aquí todo lo que era necesario para explicarte mis relaciones y mis sentimientos personales.”
Al leer estas palabras de Bakunin hacia Marx, uno no puede sentirse sino perplejo. Bakunin, aunque no en materia política, comienza a aceptar y suscribir la economía política de Marx. Y es por ello que, aunque unidos por la visión económica, sus visiones contrapuestas en lo ideológico se harán patente en los primeros meses de la Primera Internacional. Pero Marx no se fió de esas aduladoras palabras de Bakunin,y fue tajante al negarle la entrada con su organización. Bakunin, pues, tuvo que disolver su Liga y entrar todos como militantes rasos, aunque al poco tiempo Bakunin ya sería un líder indiscutible de la Primera Internacional. A partir de aquí, el espectáculo dado por Marx y Bakunin en cada intervención en la Primera Internacional será mayor que el anterior. Por ejemplo, Bakunin escribe el 28 de octubre de 1869: “Podría llegar, en breve, el momento en que yo entablase una lucha contra él [Marx], no por motivos personales, sino por una cuestión de principios, a propósito del comunismo de Estado, de lo que él mismo y los partidarios ingleses y alemanes que él dirige son los más calurosos partidarios. Entonces será una lucha a muerte. Pero hay tiempo para todo, y la hora no ha llegado aún para tal lucha.”
Aun así, Mijaíl Bakunin siempre fue más directo y honesto que Karl Marx, pues de su adversario alemán siempre recordaba –y lo ponía siempre por delante- los aspectos positivos a tener en cuenta. Esto queda patente, en la misma carta anterior, en la que le dice a Herzen: “[…] Sé tan bien como tú que Marx no es menos culpable que los demás de la campaña de calumnias vertida contra nosotros; no ignoro siquiera que ha sido el instigador y el hacedor de tan calumniosa e infamante polémica desencadenada contra nosotros. ¿Por qué entonces le he ensalzado? Le he ensalzado, e incluso he hecho más que esto: le he conferido el título de excelso. Por dos razones, mi querido Herzen. La primera es la justicia. Dejando de lado todas sus villanías que ha vomitado contra nosotros, nosotros no podíamos desconocer, al menos yo, los grandes servicios que ha rendido a la causa socialista desde hace más de veinticinco años, en los que nos ha sobrepasado a todos. Es también uno de los primeros organizadores, si no el incitador, de la Sociedad Internacional. Desde mi punto de vista, ello es un mérito enorme que siempre le reconoceré, cualquiera que sea su actitud hacia nosotros. La segunda razón es la política, una táctica que creo que es justa. Yo sé que a tus ojos soy un mediocre político. No creas que mis palabras son producto del amor propio si digo que te equivocas mucho. Pues tú me juzgas por mis actos en la sociedad civilizada, en el mundo burgués en que, en efecto, yo actúo sin preocuparme de la táctica y sin la menor reserva… Pero Marx es indudablemente un hombre muy útil en la Sociedad Internacional. Hasta el presente, su partido ejerce una influencia sabia y presente, el más fuerte apoyo del socialismo, el más firme sostén contra las ideas y tendencias burguesas. Y yo no me perdonaría nunca si debilitase o atenuase su bienhechora influencia por el simple fin de vengarme de él.”
Y así podemos dar por terminada la explicación sobre la azarosa relación entre Karl Marx y Mijaíl Bakunin, que seguiría dando estos altibajos hasta la muerte de ambos y que tendría su momento culminante cuando en 1870 se escribe la obra CONSIDERACIONES FILOSÓFICAS.
Por ejemplo, en ese mismo año, Bakunin escribe: “Marx ha rendido grandes servicios al socialismo. Pero es preciso decir al mismo tiempo que es un ser con el que no se puede convivir en modo alguno, un carácter detestable, vanidoso, irascible, celoso, susceptible, disimulado, pérfido y capaz de grandes villanías y, desde luego, intrigante al máximo, como los son todos los judíos”.
Y así llegaría el surgimiento de la Comuna de París, hito histórico donde los postulados de Bakunin y Marx se aproximarían más.

La obra ‘Consideraciones filosóficas’, la “biblia invertida” del bakuninismo, es prueba fehaciente de la relación competitiva entre Bakunin y el alemán. Los ataques al centralismo doctrinario (dogmatismo) de “los alemanes” o la “escuela judía”, es decir, de Marx, será algo muy recurrente. Pero por el contrario se respetan –y hasta veneran- las tesis de Marx en la cuestión económica.

martes, 27 de septiembre de 2016

La CNT, Unión Soviética y el ‘Informe Pestaña’

Si bien desde el punto de vista teórico el anarquismo y el marxismo son doctrinas contrarias, en la historia de principios del siglo XX podemos observar cómo los apoyos a revoluciones de corte marxista fueron generalizados dentro del triunfante movimiento anarquista y anarcosindicalista de la España de los años ’20. Durante el segundo congreso nacional de la CNT en el Teatro de la Comedia de Madrid (diciembre de 1919), entre otras cosas, se aprobó la adhesión provisional del sindicato anarquista a la Tercera Internacional y el envío a Moscú de una comisión para que ésta informara y diera inicio, si era necesario, relaciones diplomáticas con la cúpula bolchevique.
           
            Con el triunfo de la Revolución rusa de 1917 el movimiento anarcosindical, en general, se mostró muy entusiasmadamente favorable a tal hazaña del proletariado, pues por fin se veía realizado el tal ansiado sueño obrero de una sociedad justa, igualitaria y libre, mediante unos soviets que debían servir para satisfacer -y defender- los intereses de la clase obrera. Pero pronto comenzaron las divisiones internas dentro de la CNT sobre el apoyo a la joven Unión Soviética. Esta división se hizo palpable en las editoriales de los dos grandes diarios obreros más leídos en aquellos años: Tierra y Libertad y Solidaridad Obrera. El primero fue el claro ejemplo de la apología de la triunfante Revolución bolchevique, mientras que el segundo –con Ángel Pestaña como director- se mostraba reacio hacia el sistema soviético. En 1920 una comisión representante de la CNT, encabezada por Ángel Pestaña, Gaston Leval y Fernando de los Ríos, aterrizó en Moscú. A partir de la entrevista de Pestaña con Lenin, la asistencia -y participación- en congresos políticos y sindicales, etc, la comisión pudo elaborar una serie de documentos con lo visto en su viaje a Moscú, y con las críticas pertinentes para enviar a España bajo el nombre con el que se conocería en todo el movimiento sindical revolucionario: El informe Pestaña.
           
            ¿Cuál fue la posición de Ángel Pestaña –y de su informe- sobre la revolución comunista? Para el berciano, y así lo dejó patente en sus discursos en la Unión Soviética y en su reunión con Lenin, la revolución no podía ser obra de ningún partido, pues consideraba que lo único que puede hacer un partido es dar un Golpe de Estado, y esto, añadía, no es una revolución.
La revolución es, y también en el caso del pueblo ruso, un movimiento que se prepara durante décadas y generaciones por la clase obrera con distintos ideales políticos y que se levanta en el momento propicio, barriendo con todo lo que obstaculice su paso.
Para él, la revolución no podía –ni debía- ser algo dirigido por un Partido concreto pues las masas no eran homogéneas en lo ideológico. Por tanto deducía que la revolución rusa no se le podía achacar únicamente al partido bolchevique pues no toda la clase trabajadora rusa era defensora de esa tendencia. También argüía, por tanto, que la existencia del Partido Comunista no era condición indispensable para el triunfo de la revolución.  Además, consideraba que no se podía hablar de “revolución” cuando los dirigentes del nuevo país mantenían actitudes burguesas para con los trabajadores o las mujeres, cosa que él vio con sus propios ojos en su paso por Moscú y que le hizo saber a Lenin en la entrevista que mantuvo con éste.
           
            El Informe llegó a España en 1921 y se  publicó a principios de 1922. El mismo fue el causante de que a partir de ese año, todo el movimiento anarquista y anarcosindicalista dejara de apoyar a la Unión Soviética bajo un enorme compendio de críticas hacia la ya existente centralización, burocracia y separación entre el Partido –ya consagrado como una nueva clase dominante por encima del proletariado- y las masas.
También provocó la desbandada de muchos comunistas militantes hasta el momento en CNT, tales como Joaquín Maurín, Hilario Arlandis o Andreu Nin. A partir de 1922, la llegada de noticias sobre la persecución, encarcelamiento y ejecución de muchos militantes anarquistas, así como la incesante pérdida de peso de los sindicatos, hizo que las críticas hacia la Revolución bolchevique fueran aún más feroces, y limaron cualquier resquicio que aún pudiera quedar de filosovietismo dentro de la CNT.

Por otro lado se sumaron las críticas provenientes de las grandes figuras internacionales del anarquismo tales como Emma Goldman o Rudolf Rocker.
En el caso de Emma Goldman sus críticas hacia la revolución concebida por el bolchevismo iban, de forma inconsciente, hacia lo que años más tarde también criticarían el comunismo de izquierda y el marxismo-leninismo maoísmo, esto es, la crítica al surgimiento de un Estado que acapara para sí todos los medios de producción, dejando a los soviets sin poder en detrimento del Partido y la existencia de una nueva clase dominante y propietaria formada por los funcionarios burócratas que se convirtieron de facto en los nuevos burgueses.
Tanto para Rocker como para Goldman, y por extensión para todo el movimiento anarquista de entonces, la Unión Soviética olvidó la necesaria revolución de carácter cultural, la transformación de los valores –y no solo de las instituciones- que habían de construir la nueva sociedad. Concretamente la activista rusa apuntaba en Mi mayor desilusión con Rusia que el nuevo “Estado comunista” convirtió las pretensiones de igualdad y libertad en “supersticiones burguesas” y la “santidad de la vida” en valores “contrarrevolucionarios”.
Tal posición frente a estos valores, fue para los dos anarquistas,  la semilla de la autodestrucción de la gran revolución rusa. Ella también hablaba especialmente de una creciente filia por la violencia en el nuevo sistema soviético, en la que la famosa frase de “el fin justifica los medios” estaba a la orden del día por todo el país.
La revolución rusa, pues, se iba poco a poco autodestruyendo, mediante la centralización estatal de toda actividad productiva, artística y científica, la pérdida del poder real de los soviets y la carencia del énfasis en una revolución de los valores en pos de un cambio únicamente productivo e institucio- nal, todo esto en beneficio de la nueva clase burguesa-burocrática.
           
            Finalmente la CNT dejaría de formar parte de la III Internacional y de la Internacional Sindicalista Roja para integrarse entre 1922 y 1923 en la refundada AIT constituida en Berlín. Las críticas a la Unión Soviética y al bolchevismo en general por parte del movimiento anarquista y anarcosindicalista hispano desde los años ’20 en adelante podrían resumirse en las palabras de Josep Prat escritas en Almanaque de Tierra y Libertad para 1921 que fueron las siguientes:
                       
            “En Rusia hay una autoridad que manda y por lo tanto suprime la libertad individual, una burocracia que fusila al que no obedece, un capitalismo de Estado que militariza el trabajo (…)”.


            Con el recién creado Partido Comunista de España y el BOC (Bloc Obrer i Camperol), el distanciamiento y el enfrentamiento político entre el movimiento anarquista y el marxista crecería de forma exponencial como nunca antes lo había hecho. Militantes como Vicente Pérez o Pere Esteve, habiendo pasado una larga temporada en Moscú, también publicarían sus memorias en forma de críticas voraces contra la joven Unión Soviética asegurando que “allí no hay dictadura del proletariado, sino dictadura del Partido Comunista”. “El partido llamado comunista, que de comunista no tiene más que el nombre, divide a los hombres en tutores y tutelados (…)”.

miércoles, 20 de julio de 2016

La cuestión agraria: El problema campesino en la Cataluña revolucionaria

Un 19 de julio de 1936 daba inicio la Revolución social española en diversos puntos de la España republicana. Entre todos sus logros –y errores- cabe destacar, sin duda alguna, uno de los más importantes, a saber: la colectivización agraria, concretamente en Cataluña.  Adentrarnos en ella no sólo como forma de entender, comprender y criticar aquella intentona revolucionaria de cariz anarquista, sino también como reflexión política desde el movimiento obrero y anarquista actual para poder eliminar ciertas faltas, sobre todo para que no se repitan en la próxima revolución social.
Si en Aragón la colectivización agraria fue profunda, exitosa y aceptada de buen grado por el campesinado, en Cataluña fue todo lo contrario. En el campo catalán nos encontrábamos por aquel entonces con unos poderosos movimientos cooperativistas, sindicatos de pequeños propietarios agrícolas y una potente Unió de Rabassaires representante de la pequeña burguesía campesina y agrícola que llevaba por lema la tierra para quien la trabaja y que, por tanto, no estaban por la labor de aceptar la socialización de la tierra. Con el estallido de la guerra civil y de la revolución social, un terremoto político azotó el campo catalán delimitando dos frentes: socializar toda la tierra (fuera por la fuerza o no), postura defendida por el sindicato CNT y el POUM, o mantener las tierras a nivel de propiedad individual o familiar, postura defendida por la Unió de Rabassaires, ERC, PSUC y UGT.
¿Cómo se planteaba desde la CNT –y el movimiento anarquista en general- la revolución en el campo catalán? Desde un primer momento la CNT se mostró públicamente favorable a la total socialización del campo, y el 19 de diciembre de 1936 los sindicatos campesinos de la CNT elaboraron un pacto con la Unió de Rabassaires para cooperar. Pero dicho pacto no llegó a oficializarse ya que la Unió de Rabassaires no se presentó a la cita aludiendo que la UGT también debería ser partícipe de tal pacto cooperativo, lo cual la CNT no pudo aceptar ya que UGT se había mostrado públicamente contrario a la colectivización, tanto agraria como industrial. Los primeros problemas en dicha colectivización ya comenzaban a surgir desde bien pronto, así lo denunciaba el líder anarcosindicalista Joan Peiró en Perill a la reraguarda (Mataró, 1936):

(…) Lo primero que han hecho muchos revolucionarios que han salido al campo a plantar la semilla revolucionaria, ha sido privar al campesinado de todos los elementos de defensa, de las armas, tan necesarias para quien, como él, viven una vida fiera y aislada; y cuando los campesinos han sido desarmados, estos revolucionarios les han vuelto a robar hasta la camisa. Id, ahora, a hablarle de revolución al campesinado de Cataluña.

Joan Peiró venía a denunciar que el hecho de implantar, por la fuerza, la colectivización de la tierra, a sabiendas de que el campo catalán era una tierra históricamente de pequeños propietarios, hacía que el campesinado poco a poco fuera distanciándose de la CNT, del anarquismo, de la revolución social, y fuera posicionándose a favor de otros fuerzas políticas antifascistas.
La posición de la CNT para con el campo catalán era firme, como escribiría Félix García en Colectivizaciones campesinas y obreras en la revolución española: “No hay que olvidar que para los anarquistas y para los campesinos en general (haciendo alusión a la extensa masa campesina aragonesa y andaluza), los pequeños propietarios representaban el peligro de la reaparición de la clase de ricos propietarios.” Por tanto, desde el movimiento anarquista, a sabiendas de que el campesinado –o gran parte de él- catalán podía ponerse en contra de la revolución, se siguió para adelante con las colectivizaciones. De esta forma lo explicaba Ramón Porté en la Memoria del congreso agrario de la CNT (marzo de 1937):

(…) Porque la eterna aspiración del campesino ha sido la de poseer la tierra (…) Nosotros hubiésemos captado a ese mismo campesino, ofreciéndole la tierra; pero, entonces, habríamos estrangulado la Revolución. Hay que ir a la socialización de la tierra.

Aunque en la teoría la CNT iba a respetar el derecho del pequeño propietario a cultivar su tierra, siempre y cuando no fuera negativo para la colectividad e iba a convencer mediante el ejemplo a los pequeños propietarios a que aceptaran la socialización de su parcela, cosa que se había aprobado por mayoría en el Congreso regional de campesinos de Cataluña el 5 y 6 de septiembre de 1936, en la práctica, tal resolución no se llevó a cabo más que en contadas ocasiones. Así, la mayoría de veces, el avance de las milicias anarquistas que iban dirección Aragón impuso por la fuerza la colectivización a muchos pequeños propietarios campesinos.
Pero la problemática campesina durante la revolución social de 1936 no se detuvo aquí, sino que también tuvo su vertiente nacionalista. Y es que a todo lo anteriormente explicado, se le sumaba un campesinado catalán que a duras penas conocía el castellano, y que hubo de enfrentarse a unas columnas anarquistas que provenían del cordón industrial de Barcelona y que no hablaban catalán, pues provenían de la inmigración andaluza, murciana y extremeña. El líder anarcosindicalista Josep Peirats, explicaba así dicha problemática en su obra De mi paso por la vida. Memorias:

(…) Refiriéndonos a Cataluña, conocemos el carácter conservador de nuestro campesinado. Salvo en algunas comarcas, y siempre reduciéndonos a los pueblos, no dimos con la fórmula que hubiera podido romper con el hielo entre la ciudad y el campo. De ahí que costaste penas y sudores imponer las colectivizaciones en el campo. Por el hecho de que en determinadas cuencas mineras predominara el proletariado de habla castellana, la mayor parte de nuestra propaganda se hizo en lengua castellana… Ha dado la impresión en la ciudad y en el campo de que el movimiento anarquista era un producto exótico de importación. De ahí, repito, tuvimos que sudar la gota gorda para imponer nuestra innovación colectivista en el campo catalán, y que tuviéramos el mal acierto de escoger para hablarles de la buena nueva a oradores del habla que les era antipática… Y lo más peregrino del caso es que la inmensa mayoría de los confederales y faístas, empezando por los de más relieve, o eran catalanes natos o empleaban el catalán por adaptación a aquella tierra. Sin embargo, incluso en nuestras asambleas solían no pocos asistentes abuchear a los oradores que se atrevían a emplear la lengua regional.

Tras estas palabras de Josep Peirats en sus memorias podemos ver cómo el clivaje nacional también fue uno de los puntos fuertes en la problemática campesina durante la revolución social.
Por otra parte, y ante esta disyuntiva entre CNT y el campesinado catalán, las políticas del PSUC fueron mucho más hábiles y oportunistas y se lanzaron desde el primer momento a la defensa acérrima de los intereses de los pequeños propietarios agrícolas, junto con ERC y la Unió de Rabassaires. Así pues, la colectivización agraria en Cataluña pasó sin pena ni gloria al compararla con otras zonas como Aragón, a diferencia del gran éxito de la colectivización en la zona industrial.

A 80 años del estallido de la última revolución en Europa occidental podemos discernir, desde muchas perspectivas, los errores, limitaciones –y logros- de aquella intentona insurreccional de la clase trabajadora de la España republicana. 

Aun con las buenas intenciones de aquellos trabajadores, fue un gran error imponer por la fuerza la socialización de la tierra en el campo catalán, a sabiendas de que tradicionalmente en Cataluña había predominado la pequeña propiedad y la propiedad familiar. ¿Qué debió hacer el sindicato CNT ante ese contexto? Nada raro, simplemente haber cumplido a rajatabla los acuerdos a los que se llegó el 6 de septiembre de 1936 en el Congreso Regional de Campesinos de Cataluña, donde quedó estipulado que la pequeña propiedad agrícola se mantendría, siempre y cuando no perjudicaran a la colectividad, y solamente mediante el ejemplo y el proselitismo se intentaría convencer a los pequeños propietarios de los beneficios de la socialización total de la tierra. Al haberse hecho esto, el campo catalán hubiera apoyado en su mayoría a la revolución, lo cual hubiera facilitado aun más el desarrollo de aquella, y hubiera limitado el predominio político de ERC, PSUC y la Unió de Rabassaires. 

lunes, 23 de mayo de 2016

La aparición de la nueva mujer como cuestionamiento del sistema sexo-género

Los llamados locos años 20 surgieron entre finales de la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) y la Gran Depresión (del crack del 29 hasta principios de los 40). Durante esta época se dieron muchos cambios en la economía y la sociedad. Para algunas personas la posguerra supuso la felicidad de haber acabado con la violencia imperante, para otras fueron momentos de luto y pérdidas. Había menos hombres entre la población, puesto que muchos habían muerto debido a la guerra. Otros, se habían quedado con alguna herida – psicológica y/o física– que los indisponía a seguir con su vida cotidiana. Entonces, fueron las mujeres quién tomaron las riendas y salieron al mercado laboral para ocupar el lugar que hasta entonces había sido reservado a los hombres.

Este cambio en el rol tradicional de las mujeres provocó no solamente un cambio en sus vidas y en la visión social de ellas, sino también un cambio en sus actitudes e identidades. Fue una temporada revolucionaria en la cual las mujeres lucharon por la igualdad formal entre los géneros. Al luchar por sus derechos consiguieron en algunos países el voto femenino, como también acceder a lugares o actividades que habían sido vetados para ellas hasta entonces.

Este cambio también se reflejó en la forma de vestir. Dejaron atrás el corsé tradicional, las prendas de ropa voluminosas y las faldas muy largas para adaptarse a un nuevo estilo de vida más frenético. Ahora sería más masculinizado, juvenil y cómodo. A raíz de la proliferación del uso del sujetador, que se empezó a popularizar a partir de 1914 gracias a Mary Phelps, las llamadas “nuevas mujeres” dejaron atrás la incomodidad del corsé para usar esta nueva prenda o fajas elásticas. Los sujetadores que surgieron a inicios de los años 20 eran parecidos a camisetas interiores, aunque más cortos y lineales. Con estos las mujeres iban más cómodas y a la vez adoptaban un estilo más andrógino, ya que se disimulaban las curvas. Esto no pasó solamente con el uso del sujetador, también con varias prendas de ropa más. Se sustituyeron los peinados con cabellos largos y recargados de accesorios por cortes al estilo garçonne, que sería el nombre que después adoptarían estas mujeres en Francia. Este peinado estaría coronado por el sombrero de campana característico de este estilo, que también colaboraba al dar este toque andrógino anteriormente comentado. Esta forma, inspirada en los cascos militares, era un símbolo de masculinidad que usado por una mujer adquiría un punto de subversión. Los vestidos holgados, largos y cercados se empezaron a acortar hasta llegar a la altura de las rodillas en el 1925. Se iban eliminando las prendas de ropa que marcaban la figura femenina para empezar a llevar otros más rectos, cinturones flojos, sin mangas y con detalles llamativos cómo serían los brillantes y las plumas. Había mujeres que incluso decidieron comprimirse el pecho usando cintas con la voluntad de llevar a cabo un día a día más práctico.

Esta forma de vestir se traduce como una rebelión contra la feminidad tradicional, totalmente rígida y obligatoria hasta entonces. También lo era el maquillaje exagerado, que era visto como algo poco decente. En la misma línea, rompían con la moralidad clásica fumando y bebiendo, conduciendo rápido, saliendo solas o con amigas por las noches, bailando jazz o charlestón, teniendo relaciones sexuales antes del matrimonio y en definitiva, rehuyendo de su rol impuesto. Todas estas acciones sólo las podían hacer los hombres durante aquella época. También fueron ellas las precursoras de la cultura lesbiana y de liberación sexual.

Por otro lado, en Estados Unidos, nacerían las llamadas flapper. Hay pocas diferencias entre las dos, pero las más remarcables serían que las garçonne combinaban características tradicionales femeninas (bolsos pequeñas, guantes delicados, collares recargados, zapatos de tacón...) con otras masculinas (bastones, corbatas, americanas, relojes de bolsillo...); mientras que las flapper vestían totalmente de forma masculinizada, imitaban algunos comportamientos hegemónicamente masculinos y escondían sus características físicas más feminizadas.

Aun teniendo en cuenta sus diferencias, la lucha de las garçonne y de las flapper era común: tenían el objetivo de acabar con el rígido ideal de feminidad de esa época y de demostrar que ellas eran capaces de hacer actividades típicamente masculinas y trabajar o hacer las tareas que ellos habían hecho hasta entonces. Es importante remarcar que las que podían demostrar su revolución con su forma de vestir y actuar, solamente eran las mujeres occidentales o americanas de clase alta.

Federica Montseny y el resto de mujeres de los años 20 se encontraron con una dicotomía entre dos modelos de mujer: la perfecta esposa y madre versus la garçonne/flapper. Montseny (Madrid, 12 de febrero de 1905 - Tolosa, 14 de enero de 1994) fue una importante militante anarcosindicalista y la primera mujer ministra en España. A pesar de que ella nunca se consideró feminista , sus ideas sobre la emancipación de la mujer han influido mucho en este movimiento. Ella no se definía como tal porque el feminismo existente entonces estaba ligado al sufragismo y era defendido por mujeres burguesas sin tener en cuenta otras realidades. Además, no consideraba que los objetivos del sufragismo –la igualdad formal y derecho al voto- fueran los realmente prioritarios entonces, puesto que ella no creía en el gobierno sino en el cambio de base de la sociedad. La conciencia de clase que tuvo Federica y su pensamiento anarquista, la impulsó a luchar por la liberación de las mujeres pero en concordancia con la de los hombres; ella pensó que el objetivo era la abolición del estado y del capital para que todos y todas fuéramos seres libres e individuales. Luchó por visibilizar las mujeres importantes en la historia, por la autonomía y la libertad de elección y en contra los comportamientos patriarcales de los hombres anarquistas que militaban con ella.

Montseny, en 1926, escribió sobre el fenómeno e influencia de las garçonne:

“Masculinizarse no es ni puede ser elevarse, libertarse ni dignificarse. Debemos tener de nosotras un concepto más superior y más altivo. Y en nosotras ha de haber una aspiración más alta que esa menguada aspiración a emular e imitar al otro sexo. (…) Y es necesario combatir en sus raíces esa desdichada desfeminización que, de extenderse, nos hará caer en el mortal abismo del ridículo y es un ultraje contra la estética y contra la Naturaleza. (Montseny, a Tavera, 2007)”. 
Teniendo en cuenta el contexto, son legítimos el punto de vista y objetivos de las nuevas mujeres a la vez que lo es el de Montseny. La autora entiende la revolución de ellas como renegar de lo que hasta entonces se había considerado propiamente femenino y empezar a modelar las características de las mujeres hacia las de los hombres para conseguir una igualdad real. Las nuevas mujeres, por su parte, no querían demonizar lo que es tradicionalmente femenino, sino la obligación a serlo de una manera impuesta. Interpreto el estilo garçonne como una forma de liberación y de, por primera vez en muchos años, libre elección de como las mujeres pueden y quieren construir su identidad. No encuentro ningún problema en el hecho de apropiarse de algunas características masculinas si estas las hacían estar más cómodas trabajando o pasárselo mejor cuando salían. Realmente, según mi punto de vista, no hay nada que sea masculino o femenino inherentemente; sino que es la sociedad quien marca esta división sexual. Por lo tanto, me parece correcta la visión de las garçonne de quedarse con los buenos atributos asociados a la masculinidad, siempre y cuando no llegaran a los perjudiciales cómo serían la dominancia, la agresividad y la violencia. En la misma línea, hace falta desligarse de la sumisión y la pasividad ligadas a lo considerado femenino. Este debate llega hasta la actualidad con los estudios sobre

nuevas masculinidades, que abren la puerta a los hombres a crear nuevas identidades no dañinas, lejos de la masculinidad hegemónica, y a expresarse y representarse lejos de un marco patriarcal. Aunque Montseny también fue una mujer que rompió con los roles clásicos por ser luchadora, autónoma, militante y defensora de la igualdad y la individualidad de toda persona, en su crítica a las nuevas mujeres demuestra no ser consciente de la construcción social del género y del binarismo impuesto en aquella época –cosa lógica hablando de los años 20-, como también es impuesto ahora.

“Una mujer-mujer, no mujer-hombre ni mujer-hembra. Una mujer-mujer, no criatura sin personalidad ni sexo. Una mujer orgullosa y segura de si misma, con plena conciencia de que en ella están los destinos y el porvenir de la raza humana. Una mujer creadora de hombres y no imitadora; una mujer que sepa representar al sexo y a la especie; que posea una individualidad fuerte y propia, una gran fuerza moral, hija del concepto seguro y tranquilo que de sí misma tenga y de la confianza que su capacidad, su serenidad, su dignidad inspiren individual y colectivamente. (Montseny, a Tavera, 2007)”.

Montseny asocia la masculinidad femenina a la falta de personalidad e individualidad de estas mujeres, y propone un ideal de mujer empoderada y orgullosa pero a la vez cuidadora y encargada de ser madre. Su crítica a la masculinidad expresada por las mujeres demuestra cierto punto de transfobia y lesbofobia; justificada en parte por la época y la falta de conciencia del carácter construido del género, cómo hemos comentado antes. Desde el punto de vista del feminismo de la diferencia, del cual ella fue precursora, seria lógico pensar que Federica reivindica la feminidad clásica sin ligarla a conceptos negativos socialmente como serian la debilidad y la sumisión. Con tal y con eso, es cierto que dio mucho relieve a que las mujeres fuesen madres y cuidadoras, el ideal de la mujer como el ángel del hogar sigue vigente en sus escritos, aunque siempre respetó el aborto y la libre elección de cada una. En 1927 escribió “mujer sin hijos, árbol sin fruto, rosal sin rosas”.

La masculinidad tradicional y sus respectivos privilegios corrían riesgo con la aparición de las garçonne y las flapper, que suponían un desafío al orden heteronormativo del sistema sexo-género. Si tenemos en cuenta el hecho de tener pluma (ya sea masculina o femenina) como un hecho transgresor que pone en cuestionamiento el sistema, y la violencia de género es aquella que se ejerce basándose en la opresión de este sistema; se podría afirmar que juzgar negativamente la masculinidad en las mujeres y la feminidad en los hombres es una forma más de violencia de género.

Aportación de Mireia Medina.

jueves, 31 de marzo de 2016

El Sindicato Libre y la época del pistolerismo

Nos situamos a finales de 1919 y la famosa huelga de 'La Canadiense' ya ha pasado, provocando, entre otras cosas, una disparidad de opiniones en el seno del movimiento obrero y sindical sobre la radicalidad de los procedimientos en la lucha contra la patronal y el Estado. El diez de diciembre de ese mismo año, el carlista Ramón Sales, antiguo militante del Sindicato Mercantil de Barcelona en la CNT y miembro de la organización tradicionalista 'Grup Crit de la Pàtria', se reunía con varios militantes carlistas y miembros del Centro Obrero Legitimista. El objetivo de esa cita era crear la Corporación General de Trabajadores de los Sindicatos Libres de España, lo que pasaría a la historia como el Sindicato Libre o simplemente “El Libre”. De forma paralela a esto, el día doce de diciembre de 1919 se convertía en Primer Ministro de España el maurista Manuel Allende Salazar, el cual puso como Gobernador Civil de Barcelona al Conde de Salvatierra. Comenzaba así un recrudecimiento de la presión -y represión- patronal contra el movimiento obrero (especialmente anarquista), la cual se caracterizaría por una connivencia en materia represiva entre las fuerzas de seguridad del Estado, los sicarios de la patronal y los carlistas del recién nacido Sindicato Libre.

Antes de explicar los sucesos violentos entre el  Libre y el movimiento anarquista, veamos qué fue aquel sindicato fundando por carlistas y que, erróneamente, se le consideró -y se le sigue considerando- un sindicato a sueldo de la patronal (e incluso creado por ésta). Como hemos dicho anteriormente, fue fundado el diez de diciembre de 1919 por Ramón Sales -un joven de 19 años, antiguo miembro de la CNT, cristiano católico devoto y de ideología carlista- junto a cien trabajadores tradicionalistas. La creación de este sindicato se debió a varios motivos: la radicalización ideológica dentro de la CNT, la fuerte presencia de pistoleros y de procedimientos violentos para defender los intereses de la clase obrera y el supuesto impedimento a mejoras salariales a causa de los dos anteriores factores. El Sindicato Libre contó con dos etapas durante su vida. La primera, desde su nacimiento hasta principios de 1921, en la que la afiliación era escasa (10.000 afiliados, aproximadamente) y existía un 'pacto no escrito' entre el Libre y el sector industrial por el que no se hizo ninguna huelga o boicot, funcionando pues como sindicato amarillo. En la segunda fase, sin embargo, las cosas cambiaron radicalmente. Desde mediados de 1921 hasta octubre de 1922, el Libre comenzó a establecer acuerdos con Martínez Anido, que por aquel entonces era Gobernador Civil de Barcelona, consiguiendo así su protección. También se establecieron acuerdos de financiación con la Unión Patronal, presidida por Félix Graupera, y hasta con el propio presidente Eduardo Dato, el cual utilizó fondos públicos para financiar al Sindicato Libre. En esta temporada llegó a tener hasta 150.000 afiliados, gracias a la clandestinidad a la que pasó la CNT. Uno de los sambenitos que tuvo que acarrear -y actualmente sigue acarreando- el Libre fue su consideración como sindicato que tuvo la misión única y exclusiva de la defensa de los intereses empresariales y que, incluso, había sido creado por la propia patronal catalana. Nada más lejos de la realidad, ya que no fue una simple herramienta de transmisión de los intereses empresariales y estatales, sino que fue un sindicato que guardó siempre su autonomía y dirigió sus esfuerzos a ser una especie de alternativa al sindicalismo revolucionario de la CNT. Aunque es cierto que fue un sindicato amarillo, contrario a la emancipación de la clase trabajadora y una suerte de policías-obreros. De hecho, mantuvieron siempre una actitud 'obrerista' frente a la clase empresarial a la hora de pedir todo tipo de demandas, lo cual también provocó que cierto sector de la burguesía tuviera igual de aversión al Sindicato Libre como a la CNT o UGT. "Solamente más tarde llegaría la instrumentalización por parte de la patronal y de las fuerzas del Estado", escribía Amalia Pradas. 
La época del pistolerismo fue uno de los episodios más duros de la historia de Cataluña, en lo que a violencia política se refiere, donde la guerra social entre la burguesía y el proletariado llegó a cotas sin precedentes y que no serían superadas hasta la Revolución Social de 1936. Ante la increíble fuerza que estaba consiguiendo el sindicato anarquista CNT, tanto en afiliación como en procedimientos de lucha, la patronal se las tuvo que ingeniar para poder poner fin, de forma total o parcial, al movimiento obrero en general y al anarquista en concreto. La clase empresarial catalana de la época usó tres 'armas' para luchar contra el movimiento anarcosindical: declarar lockouts, 'comprar' tanto a políticos como a cuerpos de seguridad del Estado y armar a pistoleros-sicarios para eliminar físicamente a sindicalistas de la CNT. La patronal utilizó todas estas 'estrategias' para combatir al sindicato CNT convirtiendo así las calles de Barcelona en un auténtico campo de batalla donde el único seguro de vida de cualquier trabajador afiliado a la CNT era portar un arma de fuego encima.

El primer gran incidente armado entre miembros armados de la CNT y pistoleros del Sindicato Libre ocurrió el seis de julio de 1920, en el que murió en el barrio del Raval Joan Purcet, líder destacado del Libre. Como venganza, los pistoleros amarillos asesinaban dos días después al líder cenetista Vicenç Roig en la plaza de Urquinaona. Se daba así inicio al famoso 'ojo por ojo', creándose una vorágine de venganzas entre los dos sindicatos en los que los muertos de un bando precedían a otros tantos del otro bando. Desde 1916 hasta 1923 ésta fue la cotidianidad de la clase obrera catalana y del movimiento anarquista, endureciéndose sobre todo a partir de 1920. El movimiento anarquista evolucionó del clásico terrorismo individual del siglo XIX al llamado 'terrorismo de masas' de los años '20; la diferencia entre los cuales la explicaba de esta manera la escritora Amalia Pradas:
           
     El primero se consideraba un mártir por la idea, que decidía libre e individualmente su                suerte y no trataba de huir después de haber cometido una acción. Los delegados de los grupos de acción cenetista [pistoleros de la CNT]  se consideraban más bien profesionales del atentado, fríos ejecutores de una consigna emanada de instancias superiores, y su intervención violenta se realizaba con todas las garantías posibles de seguridad: planificación previa sobre el terreno, instrumentos modernos de acción (automóvil, armas automáticas, etc…), ataques sorpresa y plan de huida previsto.

Este nuevo método de lucha, el terrorismo de masas, fue empleado de forma necesaria por el movimiento anarcosindicalista para defenderse ya no solo de los ataques propios de la clase burguesa contra la clase trabajadora, sino también para aguantar las embestidas del Estado y lo que algunos historiadores catalogaron como 'plan de exterminio' de los cuadros de la CNT (los llamados 'Grupos de Acción'). Todo esto provocó tanto un incremento del 'ojo por ojo' como el hecho de que se 'obligara' a todo afiliado de la CNT a llevar una pistola encima por si tuviera que defenderse en cualquier momento.
Vemos entonces que fue a partir de la formación del nuevo Gobierno de Allende Salazar que el Estado comenzó a trazar un plan de ataque contra la CNT y todo el movimiento anarquista. El prefacio de ese plan de ataque se haría con una gran puesta en escena de 45.000 voluntarios del Somatén marchando por el Passeig de Gràcia el 24 de abril de 1921.


La época del pistolerismo se saldó con más de 800 atentados y 226 víctimas mortales, muchas de ellas ilustres como el Conde de Salvatierra (ex-Gobernador Civil de Barcelona), Francesc Layret (abogado obrerista), el Presidente del Gobierno Eduardo Dato o el famoso Secretario General de la CNT en Cataluña Salvador Seguí 'El noi del sucre'. Esta situación de continua violencia fue uno de los motivos por los cuales Miguel Primo de Rivera daría un golpe de Estado en 1923 poniendo fin así a la época de la Restauración borbónica. 

viernes, 5 de febrero de 2016

La huelga general de 'La Canadiense'

La llamada huelga de ‘La Canadiense’ fue un paro importante del sector eléctrico, convirtiéndose después en Huelga General, que comenzó el 5 de febrero de 1919 y que se prolongó durante 44 días paralizando el 70% de toda la industria de Cataluña. Dicha huelga se convirtió en la más importante, por sus logros, de la historia del movimiento obrero hispano. En ella se consiguió el aumento salarial, la readmisión de los trabajadores despedidos y lo más importante de todo: la promulgación del Decreto de la jornada de ocho horas de trabajo, siendo así el Estado español el primer Estado en promulgar dicha ley.


Nos encontramos a finales de enero de 1919, y la compañía Riegos y Fuerzas del Ebro -conocida popularmente como La Canadiense ya que el principal accionista era el Canadian Bank of Commerce of Toronto- baja drásticamente los sueldos a sus trabajadores, bajo la excusa de que los obreros eventuales han pasado a ser fijos. Paralelamente, el sindicato anarquista CNT crea el Sindicato Único de agua, gas y electricidad, al que se afilian gran parte de los trabajadores de La Canadiense. La guerra social entre la patronal y el proletariado militante aumenta desde que el sindicalismo revolucionario deja de estar fragmentado y pasa a conformar sindicatos únicos de ramo o industria. Ante esta situación, con los primeros despidos de trabajadores por quejarse, el 5 de febrero de 1919 parte de la plantilla da inicio a una huelga de “brazos caídos”, siendo reprimidos y expulsados de los puestos de trabajo por la propia policía. Y como si se tratara de un efecto dominó, la solidaridad se va extendiendo por todas las secciones de la empresa y por otras empresas de energía.
La huelga comenzaba a ser ya un gran problema desde el primer día, pues la población –y el resto de industrias- dependía de La Canadiense para vivir. La acción de protesta en el sector eléctrico e hidráulico no solo lo paralizó, sino que obligó a suspender las demás industrias que dependían de él para seguir en funcionamiento. Durante las siguientes dos semanas se unió a la huelga la industria textil, tan importante en la Cataluña de principios del siglo XX,reivindicando la jornada laboral de ocho horas y el fin del trabajo infantil. La situación de Barcelona y casi toda Cataluña no tenía precedentes; tranvías paralizados, hogares e industrias sin energía, interrupción de la prensa y fallida del alumbrado público.

Ante tal situación, el Conde de Romanones confiscó La Canadiense y puso en los puestos de trabajo a ingenieros del ejército español. A finales de febrero -con el 70% de la industria catalana totalmente paralizada- entre la participación del capitán general, Milans del Bosch, que pretendía declarar el estado de guerra, y la del Gobernador Civil de la ciudad, que buscaba negociar con los trabajadores, la empresa dictó sentencia: o volvían a sus puestos de trabajo el 6 de marzo todos los trabajadores o serían despedidos. Tal sentencia no hizo más que avivar la llama revolucionaria, provocando que el Sindicato Único de artes gráficas de la CNT proclamara la llamada censura roja. Esta consistió en una acción conjunta de todos los periodistas de Barcelona que comunicaron a sus directores que no publicarían ninguna noticia considerada negativa para la clase trabajadora. Llegado el mes de marzo, la situación era ya incontrolable por parte del Gobierno, así que decidió declarar el estado de guerra, con un nuevo Gobernador Civil llamado Carlos Montañés (encargado de la empresa) y un nuevo jefe de policía, Gerardo Doval.  A mediados de mes, el castillo de Montjuïc ya albergaba a tres mil trabajadores presos.

Finalmente, el 17 de marzo de 1919, los representantes de La Canadiense y el comité obrero llegaron a un acuerdo, en el que se aumentó el salario, se promulgó el decreto de la jornada laboral de ocho horas, la libertad de los presos y la readmisión de los primeros huelguistas despedidos.
El 19 de marzo de 1919, entre 20.000 y 35.000 trabajadores, según diversas fuentes, se reunieron en la plaza de toros de las Arenas de Barcelona para ver si los huelguistas aprobaban la negociación entre la patronal y el comité obrero. Finalmente, se aceptaron los resultados de forma unánime y se dio un margen de tres días a las autoridades para liberar a los presos bajo jurisdicción militar, con la amenaza de otra huelga general si no se llevaba a cabo.
De esta manera, el 3 de abril de 1919 el Conde de Romanones promulgaba el Decreto de la jornada de ocho horas.
Sin embargo, antes de la promulga, la huelga no se había terminado del todo, pues ante la traición del acuerdo y la falta de libertad de muchos huelguistas, el 24 de marzo se inició otra huelga general para conseguir excarcelarlos –tal y como habían amenazado-.
Los trabajadores más radicales de Barcelona y alrededores se lanzaron a la calle, no solo por la libertad de sus compañeros presos, sino como forma de protesta contra la línea posibilista que, liderada por Salvador Seguí, hacía un llamamiento a la calma y a la negociación con la patronal. El 25 de marzo, frente a esta situación, el Gobierno español decidió suspender las garantías constitucionales en todo el Estado; así, el ejército y el Somatén tomaban las calles para reprimir a cualquiera que fuera sospechoso de ser sindicalista, además de obligar a los comercios a abrir. Se ilegalizaron los sindicatos, se clausuraron sus locales y se incautó toda su documentación, seguidamente del procesamiento a todos los delegados sindicales. También se prohibió cualquier tipo de ayuda económica a los huelguistas. La Canadiense acusó a la Gobernación de Barcelona de “débil”, lo cual provocó la dimisión del jefe de policía y del propio Conde de Romanones. Se formaba así un nuevo gobierno presidido por Antonio Maura.

El 9 de abril, desde la patronal se amenazó con el ‘locaut’, es decir, con el cierre de las empresas si los trabajadores se ponían en huelga y así no tener ningún derecho económico. Tras la marcha del Gobierno de Maura tres meses después, y la continua guerra social que parecía no tener fin, el 11 de octubre de 1919 se creó la Comisión Mixta de Trabajo. Esta estaba conformada por representantes obreros y de la patronal, en un intento de dar solución al problema; sin embargo, debido a la radicalidad de unos y de otros, tal comisión no sirvió para su cometido original.
Los ‘locauts’ patronales comenzaron a hacer estragos en la clase trabajadora, la cual se veía abocada al paro forzoso y a la más estricta miseria; esto no hizo más que avivar aun más la llama de la guerra entre la clase empresarial y el proletariado militante. La CNT no se quedó de brazos cruzados y sus militantes radicales, los que casi 10 años después conformarán la FAI, empezaron a ganar terreno a los militantes más moderados, comenzando así la etapa de los atentados personales contra policías, empresarios y esquiroles, siendo esto el preludio de lo que meses después se llamaría el pistolerismo.
El conflicto, lejos de solucionarse, se agrandó cada vez más y más. Durante la huelga de La Canadiense se sucedieron hasta tres gobiernos (el de Romanones, Maura y Sánchez de Toca), y ninguno supo poner fin a la guerra social entre clase trabajadora y patronal.
La huelga de La Canadiense fue un punto de inflexión para la clase obrera catalana en general, y para la clase obrera anarcosindicalista de la CNT en particular, pues debilitó al sindicato anarquista pero, por contrapartida, auspició el aumento de los militantes radicales frente a los moderados o posibilistas.

Los continuos estados de guerra, la represión generalizada y los ‘locauts’ mantuvieron a casi toda Cataluña paralizada, con un sindicalismo echando un pulso con la burguesía y el Estado, del cual salió derrotado y débil. La respuesta a partir de aquí fue el terrorismo ‘de masas’, es decir, el pistolerismo generalizado contra los enemigos de la clase obrera y la revolución, a la cual la burguesía no iba a esperar de frente, pues se defendería –y atacaría- con sus propios pistoleros mercenarios y con el llamado Sindicato Libre. 

jueves, 17 de diciembre de 2015

CNT, FAI y II República: la lucha ideológica dentro del movimiento anarquista

14 de abril de 1931: se ha proclamado la Segunda República española y, mientras, la CNT de Cataluña convocaba una huelga general para el día siguiente. Dicha acción se presentó con un manifiesto en el que se pedía la libertad de los presos y la revolución social, lo cual podía provocar un gran altercado con el resto de masas que celebrarían la llegada del nuevo régimen. Finalmente, la iniciativa se desconvocó después de una reunión mantenida entre la dirección de la CNT y Lluís Companys, por entonces Gobernador Civil de Barcelona. Con la nueva República salieron a la calle los presos políticos, los cuales engrosaron las filas de los cuadros sindicalistas, tanto de la CNT como de la UGT. A estos últimos se les añadía una juventud radicalizada, proveniente sobretodo de las masas de inmigrantes del sur de España que dejaban atrás una vida paupérrima en el campo y se enrolaban en las filas de la sociedad industrial.

Los dirigentes del nuevo régimen republicano sabían que la CNT –y más aún la FAI- podía suponer un grave problema para el devenir de la nueva forma de gobierno. Por esta razón, los distintos cabecillas republicanos comienzan a mantener contactos con “los buenos chicos de la CNT” para intentar conseguir que el sindicato revolucionario se acercara a posturas más reformistas y no tan demoledoras. La misma noche de la proclamación de la República, Francesc Macià mantuvo una entrevista con el dirigente sindicalista Ángel Pestaña donde intentó convencerle de que aceptase una consejería en la Generalitat de Catalunya. Ni lo consiguió con éste ni con Joan Peiró,y tuvo que conformarse con Martí Barrera, perteneciente al bando “moderado” del sindicato anarquista, al cual le concedió la Consellería de Treball i Obres Públiques. Los grandes líderes reformistas de la CNT nunca participaron en el gobierno de Cataluña, pero sí que lo hicieron –y en gran medida- muchos dirigentes de segunda fila, sobretodo en partidos como ERC, Estat Català, PSOE y PC. ERC fue sin duda el partido que más hizo por acercar a la CNT hacia la participación en la política mediante las vías legalistas y moderadas. Ante esta situación, el ‘purismo’ anarquista -alrededor de la FAI-  se lanzaba a la acción contra la dirección de la CNT, controlada aún por distintos elementos moderados.

Federica Montseny, antes de ser la Ministra de Sanidad y Asistencia Social, fue una de las máximas estandartes del anarquismo ‘faísta’ y ‘purista’. El 18 de septiembre de 1931 escribía lo siguiente en El Luchador:
Los compromisos contraídos con Macià por los dirigentes del sindicalismo, con vistas a la aprobación del famoso Estatuto, acaban de perfilar nuestro panorama: una vez Cataluña tenga Estatuto, iniciará una política social tolerante con los buenos chicos de la CNT, pero apretará los tornillos –frase de Companys- a los de la FAI, a los famosos extremistas… La CNT, catalanizada, vitaliciamente instalado su Comité Nacional aquí, se desentenderá del resto de España, como se ha desentendido ya de las huelgas de Sevilla y Zaragoza… Y aquí, en el oasis del Estatuto… una Confederación convertida en cuarta mano del nuevo Consejo de Ciento de Cataluña; una Confederación domesticada, gubernamentalizada, con una política de rama de olivo, de armonía entre el capital y el trabajo; una Confederación laborista al estilo inglés… En cuanto a la FAI… se le apretarán los tornillos.

Paralelamente, otro de los máximos estandartes de la facción “extremista” del movimiento anarquista, el que luego sería ministro de la República española, Joan García Oliver, hacía un llamamiento a la Revolución social en 1936. Así lo argumentaba:
“[En 1931] El régimen estaba sumido en la mayor descomposición; debilidad del Estado que aún no se había consolidado; un Ejército relajado por la indisciplina; una Guardia Civil menos numerosa; fuerzas del orden peor organizadas y una burocracia medrosa. Era el momento preciso para nuestra revolución. El anarquismo tenía derecho a realizarla, a imponer un régimen propio de convivencia libertaria… Decíamos nosotros, interpretando aquella realidad: cuando más nos alejamos del 14 de abril, tanto más nos alejamos de nuestra revolución, porque damos al Estado el tiempo para reponerse y organizar la contrarrevolución”.

La FAI y toda la izquierda del movimiento anarquista consideraban la República recién instaurada como una entidad burguesa, la cual había que superar con el comunismo libertario mediante una escalada insurreccional a cargo de la clase obrera. Esta tendencia tuvo su mayor aceptación en Cataluña. La oleada migratoria desde los años veinte, en su mayoría obreros consumidos por la más estricta pobreza del sur de España, se ilusionó con aquella “revolución inmediata” y con el mesianismo que desprendían los discursos de la FAI. Aunque muchos de los faístas eran catalanes, la mayoría de quienes abrazaron la ortodoxia anarquista provenía de Andalucía y Extremadura, mientras quienes fueron adeptos del reformismo treintista eran sindicalistas autóctonos de Cataluña.

La lentitud de las reformas sociales y las trabas que ponía el nuevo gobierno republicano al sindicalismo revolucionario hizo crecer aún más el radicalismo faísta entre las filas del movimiento obrero. Así lo expresó Abad de Santillán durante el exilio (1956):
“(…) No había ningún cambio de fondo; se exigía siempre obediencia, resignación, una fe imposible en el genio de los encumbrados en los puestos de mando… La divergencia histórica entre los socialistas, amparados en el marxismo, y los anarquistas, se agudizó al ingresar los primeros en el gobierno republicano, y al aprovechar esta contingencia en beneficio del partido… para restar gravitación a la Confederación Nacional del Trabajo”.

El Congreso Nacional de 1931: cómo abordar la relación con la República
En 1931, en Madrid, se llevó a cabo un Congreso Extraordinario de la CNT en el que se debatió y decidió la estrategia y táctica a seguir para con el nuevo régimen republicano. La sesión la abrió Ángel Pestaña ante más de medio millón de afiliados y 511 sindicatos. En el encuentro se debatió arduamente sobre la participación de elementos cenetistas en las conspiraciones antimonárquicas durante la Dictadura de Primo de Rivera, como preámbulo del  colaboracionismo con el republicanismo, así como la posición de la CNT frente a la Segunda República española concretamente. El anarcosindicalista gallego José Villaverde salió a la palestra para decir que las nuevas Cortes republicanas eran en sí un hecho revolucionario y que el movimiento anarquista había participado en su consecución. Ante estas declaraciones, que muchos consideraron una provocación, se alzaron voces ‘radicales’ acusándolo de “colaboracionista”; de hecho, incluso instaban a que ni siquiera se les hiciera peticiones a las nuevas instituciones para que no implicara así su reconocimiento. Germinal Esgleas, anarquista y marido de Federica Montseny, acusó a la CNT de “abandonar los principios de 1919” y también el sector individualista del anarquismo, representado por Progreso Fernández, acusó de “francamente colaboracionista” a todo lo que allí se estaba debatiendo en torno al régimen republicano. Otro de los temas más discutidos en el Congreso fue la consideración, por parte del sector moderado de la CNT, de organizar el anarcosindicato en distintas Federaciones de Industria. Pese a su agudo debate, terminó aprobándose por 302.343 votos a favor contra 90.671, con una abstención de 10.957. La FAI, con voz de Joan García Oliver, se opuso firmemente a tal tipo de organización aludiendo que era de “modelo alemán” y que la CNT debía ser “una organización puramente española para que sus pueblos se preparasen para hacer la revolución”. Además de añadir que las federaciones de industria “matan las masas que nosotros tenemos para embestirlas contra el Estado”.

Todo este radicalismo debía ser apaciguado por las fuerzas del orden público ya que suponía un verdadero problema para la República. Tanto Miguel Maura, Ministro de Gobernación (Interior), como Lluís Companys, Gobernador Civil de Barcelona, pretendían que la CNT entrara por los cauces legales y pacíficos, que se atuviera a la ley y a “no crear problemas a la República”. Ante la imposibilidad de estas pretensiones, los dos políticos republicanos llegaron a la conclusión de que “con la CNT no había trato posible”.

Moderados y radicales: una pugna por el poder
Desde la posición moderada del movimiento anarquista no se compartía el criterio de preconizar la revolución continuamente “sin saber lo que se quiere después”. Desde esta posición se denunciaba a todo ese sector anarquista –y marxista- que hablaba de la necesidad de la revolución inmediata. Los distintos sindicatos de la CNT, sobretodo en Cataluña, se comenzaron a llenar de ‘radicales’ faístas que pretendieron impedir que la CNT cayera en el abismo reformista y de transigencia con el Gobierno, y que ese criterio reformista se apoderase de toda la organización. Pero hizo la República más por acrecentar el radicalismo dentro de la central anarcosindical que los propios elementos de la FAI. Si en teoría existía libertad sindical para la clase obrera, en la práctica, las actuaciones de la CNT se vieron muy restringidas por las leyes republicanas. Las detenciones de militantes, la clausura de ateneos, el cierre de periódicos, la deportación de trabajadores a África, etc. Toda esta situación fue la principal causa que favoreció el triunfo de los métodos radicales y la hostilidad creciente hacia el nuevo régimen republicano. De forma progresiva, los dirigentes cenetistas moderados que dominaban la CNT desde los Pactos de San Sebastián fueron siendo relevados de sus puestos por militantes más allegados al purismo anarquista y a la FAI. El faísmo se adueñaba del movimiento anarquista y personajes como Joan García Oliver se convertían en líderes por excelencia de esa tendencia radical y revolucionaria que tanto atraía a la juventud murciana afincada entonces en el cordón industrial catalán. Ante esta nueva situación, el sector moderado se ponía manos a la obra y redactaba, en agosto de 1931, lo que llamaron El Manifiesto de los Treinta, el cual pretendía redirigir el rumbo de la CNT hacia un camino donde se reafirmara la República mediante el reformismo social. Para el sector faísta, tal manifiesto no solo era un error, sino una traición al movimiento. El mismo día que se firmaba el manifiesto se declaraba una huelga de hambre de presos anarquistas en la cárcel Modelo de Barcelona para denunciar los malos tratos que sufrían y, semanas después, el 3 de septiembre, Barcelona quedaba totalmente paralizada a causa de la huelga a favor de los presos políticos. La Guardia de Asalto arremetió contra los locales anarquistas de Barcelona, detuvo a 300 militantes y asesinó a tiros a tres cenetistas delante de la Jefatura de Policía de Vía Layetana. Estos sucesos no hicieron más que dar alas al sector radical y a la FAI, dejando en relieve la imposibilidad de una coexistencia pacífica entre el sindicalismo revolucionario y el Estado. Los elogios de Esquerra Republicana de Catalunya (ERC) al manifiesto treintista dieron pie a que el sector purista viera confirmada la desviación ideológica que estaba sufriendo parte del movimiento. Se acusó a Ángel Pestaña y a Joan Peiró de querer convertir la CNT en un apéndice de la Generalitat. Comenzaba el intercambio de malas palabras entre diferentes militantes: Ricardo Sanz hablaba de “los treinta judas” y estos respondían con la “dictadura anarquista” que supuestamente impondría la FAI si triunfara la revolución. El 21 de septiembre de 1931 ya se pudo decir que la FAI había tomado el poder completo del movimiento anarquista, en tanto que había conseguido dominar la redacción de Solidaridad Obrera después de una larga infiltración en comités y juntas. A partir de aquí, y hasta el fin de la Guerra Civil, se comenzó a ver -por parte de un sector anarquista- a la FAI como un verdadero partido político. Progreso Fernández en Cuadernos de ruedo ibérico decía:
La FAI ha tenido tres etapas: la primera fue la de su fundación; los compañeros tenían un mínimo de convicciones anarquistas… Después de la proclamación de la República, empezó a articularse de una forma que a muchos no nos convencía; se creó un comité peninsular que se tomaba atribuciones… Al querer aglutinar a mucha gente, la FAI tuvo una actuación que no respondía a la idea por la cual fue fundada… Yo dejé de pertenecer a la FAI en 1935, cuando volví de la deportación, porque se veían ya tendencias autoritarias. La tercera época de la FAI ya la conocen todos. Dejó de ser una asociación anarquista para convertirse en un partido político.

Los Sindicatos de Oposición y la Alianza Obrera
El clímax de las divergencias ideológicas dentro del movimiento anarquista llegó con la creación de los Sindicatos de Oposición en enero de 1933, siguiendo la línea ideológica treintista, y a raíz del fracaso insurreccional de la FAI. Más de cuarenta sindicatos firmaron el manifiesto de constitución de los citados. El principal objetivo era alejarse de una CNT dominada por la FAI. Concretamente en Cataluña, la reorganización del sector moderado y treintista se hizo rápidamente con la creación de la Federación Sindicalista Libertaria, organización con la cual pretendieron oponerse con las mismas armas a la FAI. Las divergencias fueron tales que, tras las infructuosas intentonas -por parte de Manuel Buenacasa y Eleuterio Quintanilla- de tender puentes entre la FAI y los Sindicatos de Oposición, se comenzó incluso a utilizar los términos “anarquista” y “sindicalista” como insulto.

En julio de 1934, tras el fracaso insurreccional faísta en diciembre de 1933, se produjo el primer congreso de la FSL, con Juan López como Secretario General. A raíz de este congreso se propuso la creación de una “alianza obrera” que aglutinase a la FSL junto con la UGT catalana, el BOC (Bloc Obrer i Camperol), Izquierda Comunista y la Unió de Rabassaires. Aunque al principio la CNT se negó al diálogo por la presencia del BOC (marxistas), de forma paulatina la Confederación fue estrechando lazos con la Alianza Obrera para lo que debía ser la ‘nueva’ revolución; la cual se produciría en la cuenca asturiana en octubre de 1934. Durante los primeros meses de 1934 las reuniones y alianzas -sobre todo por parte de la CNT con la UGT- se fueron sucediendo sin cesar, creando, o al menos intentándolo, un movimiento obrero y de izquierda para hacer frente al avance del fascismo (el cual ya estaba dominando Alemania e Italia, y en España –de mano de la CEDA-) y enfrentar un cambio político “que no fuera un simple cambio de poderes sino la supresión del Estado y el capitalismo”.

El Frente Popular
En 1935, durante el llamado Bienio Negro, el sector treintistacomenzó su campaña a favor de la reunificación de las dos tendencias anarquistas de la CNT. Poco a poco los moderados que habían sido expulsados los años anteriores comenzaron su progresiva entrada de nuevo en la Confederación. Con la CEDA en el gobierno republicano, el movimiento anarquista había ido perdiendo cada vez su criterio abstencionista de cara a las elecciones generales. Con Peiró a la cabeza se fue poniendo de relieve las diferencias notables que podían haber, para con la clase trabajadora, si el gobierno era de un color u otro. Se comenzaba a calificar de “monstruoso” el abstencionismo, ya que este podía provocar que la inacción (electoral) obrera diera la victoria al fascismo. El propio Peiró decía: si surgiera un frente electoral de clase contra el fascismo que ahora nos gobierna (refiriéndose al gobierno de la CEDA), yo, por primera vez en mi vida, votaría.

A partir de la gran represión desencadenada a raíz de la frustrada Revolución de Asturias en 1934, las izquierdas moderadas, así como las dos tendencias anarquistas, fueron cada vez más hacía una confluencia política para aunar fuerzas contra el Gobierno de la CEDA. La CNT-FAI, a raíz del Congreso regional catalán de enero de 1935 dejó de lado la campaña abstencionista, pero sin llegar a pedir el voto para el Frente Popular. Las dos razones que llevaron a esta posición por parte del movimiento anarquista fue la necesidad de sacar de prisión a los 30.000 presos políticos que llenaban las cárceles del Estado y acabar con el gobierno derechista de la CEDA. El propio Comité Peninsular de la FAI “quedó partido en dos”, entre los que promulgaban aún la campaña abstencionista y los que no; estos últimos liderados por grandes personalidades del anarquismo como Buenaventura Durruti, Abad de Santillán y Joan García Oliver. El 23 de febrero de 1936, el Frente Popular (Front d’Esquerresen Cataluña) ganaba las últimas elecciones demócratas de la Segunda República española.

Los presos y presas políticas salieron de prisión y las dos tendencias dentro del movimiento anarcosindicalista se “fusionaron” ante la necesidad de dar respuesta a la ya esperada reacción facciosa tras el triunfo de las izquierdas.